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Islas Galápagos (por Jorge Sánchez)

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Visité las Islas Galápagos el año 1997. Intenté llegar a ellas desde Guayaquil, en barco, pues en barco las descubrió el fraile soriano Tomás de Berlanga en 1535, pero lo más barato era volar. La economía pudo más, y volé a la Isla de Baltra.
El aeropuerto estaba controlado por militares. Al aterrizar me hicieron pagar 80 dólares americanos, más 10 de impuestos y 5 de transporte en autobús al puerto.
Los ecuatorianos sólo pagaban el transporte. Yo intenté hacerme pasar por uno de ellos, justificando mi acento por haber vivido en España, pero al serme solicitada la cédula, o documento interior ecuatoriano y no poder mostrarlo por carecer de él, tuve que resignarme y pagar, como todos los extranjeros. Sin embargo, en Quito la estratagema funcionó; allí hablé sin pronunciar la zeta al vendedor de los billetes de avión y logré pagar un precio ecuatoriano por el vuelo.

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Un barco nos llevó a la isla de Santa Cruz. Allí otro autobús, por el importe de 5 dólares más, me depositó en Puerto Ayora. Busqué un hotel donde alojarme, encontrando uno donde pagué 4 dólares por un cuarto individual. Acampar o dormir a la intemperie estaba prohibido, además de ser peligroso, pues las tortugas pueden morderte una oreja, o comerse un zapato.
Alquilé una bicicleta para moverme por la isla a mi aire.
En una agencia de viajes observé los precios para realizar excursiones diarias a las islas vecinas. Todas eran caras para mi bolsillo, del orden de 65 dólares la más barata. También ofrecían cruceros de una semana, con guía hablando inglés, pero los precios eran desorbitados para mi economía. Muchos extranjeros preferían esta segunda opción.
Yo veía los folletos y los precios anunciados en los escaparates de las agencias de viaje como si estuviera ante un museo. No podía permitirme viajar en ningún crucero; estaba al principio de una larga vuelta al mundo y debía racionar el dinero si quería concluirla.
Hablando con una empleada de una de esas agencias me informó que los ecuatorianos viajan en barcos locales a precios muy reducidos, para pobres, y yo podría unirme a ellos si también era pobre y comprendía el español, lengua que usaba el guía para visitantes pobres.

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Compré de inmediato dos excursiones a 20 dólares por cada una de ellas para los dos días sucesivos, con todo incluido, transporte con guía en español, comidas y bebidas. La primera salida fue a la Isla Seymour Norte, y la segunda a la Isla Bartolomé.
Hice mucha amistad con los ecuatorianos de mi barco, por eso me enviaron las tres fotos que aquí muestro, en papel, pues en esos años del siglo XX viajaba sin cámara.
Vimos fragatas, gaviotas, pelícanos, iguanas, lobos de mar que practicaban surfing, lomos de ballenas, delfines… aquello era una fiesta para todos los sentidos. Todos disfrutábamos como niños, reíamos sin parar. También tuvimos tiempo para hacer trekkings a los volcanes y para nadar en las playas.
De vuelta en Santa Cruz visité la estación Charles Darwin con el parque nacional. Una de las chicas ecuatorianas me hizo una foto con el galápago Solitario Jorge que aquí muestro. Cuando en el año 2012 me enteré de que el Solitario Jorge acababa de morir, me sentí muy triste.
Fueron unos días inolvidables los que pasé en las Islas Galápagos.
De vuelta en Quito proseguí mi larga vuelta al mundo.

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