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Islas Granadinas (por Jorge Sánchez)

Disponía de varios días libres en San Vicente y deseé conocer alguna de las islas Granadinas. Me acerqué al puerto y el primer barco que zarpaba se dirigía a Bequia, una isla de unas 5.000 almas. Resolví pasar en esa isla un día y una noche. Compré un boleto y al rato desembarqué en su capital, Port Elizabeth, que encontré muy tranquila, con numerosos bares y restaurantes ofreciendo comidas locales a base de pescado. Había dos iglesias principales, una católica y la otra protestante.

Me informaron en la Oficina de Turismo que casi todos sus habitantes son mestizos descendientes principalmente de los antiguos indios caribes, de africanos llevados allí a la fuerza por los ingleses para ser esclavizados, y de colonos escoceses. Observé junto a la playa un grupo numeroso de rastafaris, fumando algo que me pareció sospechoso. Les saludé y sonreí, pero no me quise unir a ellos, pues me ofrecían fumar juntos, y yo jamás he fumado ni tenía intención de hacerlo por primera vez en mi vida. Preferí en cambio buscar un sitio tranquilo para pasar esa noche sin ser molestado por gamberros o granujas de medio pelo, y pronto encontré una barca de pescadores donde, al caer la noche, me instalé y la empujé unos metros mar adentro para así, gracias a la brisa, evitar que los puñeteros mosquitos me chuparan la sangre.

Por la mañana abordé un autobús que hacía un recorrido por la isla, para así conocer algo más que la capital. La encontré muy frondosa, pero sin apenas montañas por lo que hay poca lluvia. Y cuando llegó la hora retorné en barco a Kingstown, la capital de San Vicente.