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Jeju (por Jorge Sánchez)

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Me hallaba de vuelta en Seúl tras pasar un día entero en la ZDC (o DMZ en inglés). Averigüé que volar a la isla de Jeju salía la mitad de barato que la suma de los gastos del autobús y ferry a ella. Compré por el equivalente a 40 euros un billete de ida y vuelta y aterricé en Jeju sobre las 9 de la noche. El aeropuerto lo cerraban a las 10 PM, así que no podía quedarme a pasar allí la noche. Caminé en la oscuridad hasta el centro de la Ciudad de Jeju. Hacía mucho frío y lloviznaba por lo que ignoré los parques y jardines para dormir, buscando en cambio un hotel económico, donde me cobraron la equivalencia de unos 10 euros por noche si me quedaba 3 seguidas.

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Hallar comida o un sitio para cenar fue más laborioso que buscar alojamiento pues al ir solo no me aceptaban en los restaurantes, esa era su tradición, ya que las mesas eran para dos personas y comer una persona solitaria traía mala fortuna, me aseguraron. En el tercer restaurante que probé, una camarera se apiadó de mí y se sentó en un cojín frente a mí para compartir la carne y las especias que uno mismo se iba preparando en el fogón instalado en el centro de la mesa. De hecho ella no probó bocado, pero gracias a su compañía pude cenar. Los coreanos son encantadores, es imposible no amarlos.

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Dividí los tres días de estancia en tres excursiones, tres “platos fuertes”, que serían:
– el cono de Seongsan Ilchulbong y la Montaña Hallasan
– los túneles de lava
– bus alrededor de la isla con paradas en los pueblos con las famosas estatuas de lava, llamadas Dolhareubang, que representan dioses que te protegen contra los demonios, más las grandes cascadas y los templos budistas.

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La isla de Jeju es famosa por los frutos cítricos, que crecen de manera salvaje por los árboles de las calles centrales de la Ciudad de Jeju, por ello, para no volver a ser rechazado en los restaurantes por las noches al estar solo, cada mañana, al emprender una nueva excursión, tenía la precaución de introducir en mi bolsa de viaje las mandarinas más jugosas que podía asir trepando a los árboles más bajos. Al llegar por la noche a mi hotel me las comía como cena.

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Antes de emprender los dos trekkings de las primeras excursiones me compré en un kiosco callejero una botellita de ginseng, que acto seguido me bebí, para estar brioso para la caminata y no agotarme.
Era cierto que Seongsan Ilchulbong se asemejaba a una fortaleza natural surgida del océano. Los paisajes eran sobrecogedores. El ticket de entrada al lugar era barato. Caminé a lo largo de unas pasarelas de madera junto a centenares de turistas coreanos y algún japonés; no me encontré con ningún extranjero occidental, lo que me pareció muy raro, ya que Seúl estaba lleno de europeos. A la isla de Jeju se la denomina la Hawaii de Corea, y muchos recién casados pasan en ella su luna de miel.
Tras Seongsan Ilchulbong me desplacé a la montaña Hallasan, donde de nuevo realicé varios trekkings, no sin antes ingerir una botellita de ginseng.
Los dos días posteriores también fueron gratos por los bellos lugares que admiré, en especial los túneles de lava.
El cuarto día regresé a Seúl, dando por finalizada mi visita a la isla de Jeju.

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