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Jongmyo (por Jorge Sánchez)

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Un día entre los días caminé desde mi albergue de Seúl (Banana Backpackers) al centro histórico porque me habían dicho que en una plaza los locales jugaban al ajedrez, juego que adoro.
En esa plaza se hallaba un santuario real confuciano que, de carambola, visité, aunque debo reconocer que empleé más tiempo tratando de aprender las leyes del ajedrez coreano (que en realidad es Chino) y haciendo amistades con los ajedrecistas, que en la visita al interior del templo, y eso que era interesante y bello.
El billete no era caro. Allí durante tres horas recorrí todo el recinto y entré en todos los templos, sin dejarme ni uno.

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Lo único que lamenté fue el saber que tendría que haber visitado ese templo durante una de las cinco ocasiones anuales en las que se celebran ritos y servicios a los fallecidos, con música de tambores, coloridas danzas y vestimentas fantásticas. Un ajedrecista me informó que justo dos días atrás se había celebrado el último servicio a los difuntos, y yo por tonto (ese día me había apuntado a la excursión a la zona desmilitarizada, o abreviado en inglés como DMZ, en la frontera con Corea del Norte), me la había perdido ¡Qué rabia me dio!

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Pero el aprender a jugar ajedrez coreano no fue un logro menor, y regresé a mi albergue satisfecho por haber invertido ese día en cosas provechosas.