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Karlskrona (por Jorge Sánchez)

Llegué a Karlskrona de noche pero aún había luz del día (era un mes de junio, durante las llamadas noches blancas), así que antes de irme a dormir recorrí el centro y la plaza con la estatua dedicada al rey sueco Carlos XI, el fundador de la ciudad en el siglo XVII como un puerto militar. De hecho, el nombre de Karlskrona significa la corona de Carlos, en referencia a Carlos XI.

Esa plaza, considerada la más grande de toda Suecia, sería lo mejor de mi visita, pues allí se concentraban los edificios más egregios e interesantes. Además, cuando regresé por la mañana descubrí que en esa misma plaza se hallaba la oficina de turismo, donde me facilitaron folletos en español para no perderme lo esencial de la ciudad y me comunicaron que durante 300 años la base que iba a visitar, hoy Patrimonio Mundial, había estado cerrada a todo intruso, fuera sueco o de otra nacionalidad.

He de confesar, no obstante, que esa plaza y los edificios adyacentes de estilo barroco más sus dos iglesias inspiradas en otras parecidas de Italia y Alemania, me gustaron más que la parte de UNESCO, la cual se circunscribe a una isla del puerto (unida por un istmo en forma de puente) donde se halla un faro blanco (muy bonito, a propósito), más las fortalezas, el museo naval con la visita a un submarino de la guerra fría, y los almacenes donde se confeccionaba ropa militar para los marineros y grumetes. Hacia el mediodía di por concluida la visita a Karlskrona, compré como despedida un cirio en la iglesia de la Santísima Trinidad (me gustó su cúpula de estilo italiano), luego entré en un supermercado para prepararme un buen bocadillo de mortadela, y tras ello me marché feliz a viajar a otra parte.

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