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Kumano Kodo (por Jorge Sánchez)

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Desde Tokio viajé en un autobús nocturno a Tanabe, luego abordé un minibús a Takihiri, el Kilómetro Cero. Junto a un gran Torii (arco tradicional japonés que da entrada a sitios sagrados) había una caja de madera con un sello y tinta para ir anotándote los lugares en la Credencial del Peregrino que me proporcionaron en la Oficina de Turismo de Tanabe. Esas cajas las encontraría cada pocos kilómetros para completar tus sellos en la Credencial y poder justificar tu peregrinaje a pie, sin hacer trampas.

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Kumano Kodo es un camino de peregrinación que lleva a Kumano Sanzan (San en japonés significa tres, debido a las tres grandes santuarios de Kumano Hongu Taisha:, Hayatama Taisha, Nachi Taisha). Kumano está situado al sur de Kioto y Nara, y ha sido desde tiempos antiguos honrado como un lugar sagrado donde viven los dioses. Durante cientos de años los emperadores japoneses han hecho ese peregrinaje, a pie, ordenando la construcción de refugios para ayudar a los peregrinos. En el pasado, Kumano era la “Tierra de Yomi”, la tierra mitológica de los muertos.
Durante el peregrinaje no me encontré con nadie, aparte de los paisanos en los dos o tres pueblos que crucé. Todos se quedaban extrañados al verme, pues estaba en el mes de Diciembre, cuando nadie realiza ese peregrinaje debido al frío. Por el camino había máquinas de venta de café y refrescos, y hasta cabinas telefónicas. En cada kilómetro habían instalado un pilón de madera con un número (del 1 al 75), y muchos signos (en japonés y en inglés) te señalaban la senda, a manera de las flechas amarillas en el Camino de Santiago.

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El paisaje del Kumano Kodo es extraordinario y bellísimo, totalmente montañoso; se atraviesan bosques de cedros, exuberante follaje, ríos y arroyos, la gran cascada… pero no hay el mismo “feeling” que en el Camino de Santiago, en España. Los Oji, o templos del Kumano Kodo (algunos erigidos durante el siglo IX y combinaban budismo con sintoísmo y viejas creencias japonesas, armonizando el cielo, la tierra y el hombre), suelen estar abandonados (¡muy útiles para dormir gratuitamente!), y a la llegada al santuario Kumano Hongu Taisha, la meta de las tres variantes del Kumano Kodo (yo elegí la Nakahechi, la que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y hermanada con el Camino de Santiago en España) se halla el gran Torii.
El peregrinaje me tomó tres días con dos noches. La primera dormí en un templo budista abandonado, la segunda en una especie de refugio en medio del follaje.

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El tercer día alcancé el pilón del kilómetro 75, y poco más allá el gran Torii (el más grande de Japón) que señalaba el fin de mi objetivo. Antes de bajar las montañas una mujer me invitó a desayunar (me recordó a la entrañable señora Felisa a la entrada a Logroño, que siempre ayudaba a los peregrinos). Una vez en el pueblo, en el edificio equivalente a la “Casa do Dean”, al presentar la Credencial del Peregrino con los sellos de los Oji del camino, te entregan una “Compostela” de madera y todos los empleados, siguiendo la orden del jefe de ellos, con sonrisa abierta te saludan al unísono inclinando el cuerpo hacia delante hasta alcanzar los noventa grados, en señal de respeto.
En el monasterio, los monjes sintoístas van a lo suyo y no te hacen ni caso al verte; no les importa que hayas efectuado el peregrinaje a pie y me negaron el alojamiento (en Santiago de Compostela te dedican la “Misa del Peregrino”, te dan de comer gratis 3 días en el Parador de los Reyes Católicos en la Plaza del Obradoiro y puedes quedarte a dormir en el albergue del Monte do Gozo). Como hasta la mañana siguiente no había autobuses hacia el oeste (mi próximo objetivo era seguir las huellas de nuestro San Francisco Javier en Kagoshima) me tuve que ir a dormir debajo de un puente, y para cenar me compré una sopa de sobre con fideos, que allí llaman Shoyu Ramen.

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