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La Chaux-de-Fonds (por Jorge Sánchez)

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Llegué en tren desde Basilea a La Chaux-de-Fonds, ciudad donde sólo permanecería medio día, pues me pareció que este sitio UNESCO no merecía más tiempo.
Era muy temprano y había nieve por las calles. En la estación de tren había dibujos mostrando a la población fabricando relojes.
Letreros por varias partes de la ciudad te recordaban que uno estaba en una ciudad nombrada Patrimonio de la Humanidad.
Pregunté en la calle a los nativos por los lugares más interesantes desde el punto de vista turístico, y dos de ellos coincidieron en indicarme el mismo sitio, el edificio llamado ESPACITÉ (siempre suelo preguntar a más de un indígena para asegurarme de que me aconsejan bien).

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Caminé hacia el ESPACITÉ, que era una especie de símbolo de la ciudad. Para subir al último piso había un ascensor y una vez arriba entré en una cafetería. La vista desde allí en lo alto era magnífica y se distinguía la distribución de los edificios siguiendo una evolución.
Le Corbusier nació en esa ciudad, donde realizó sus primeras obras.
En la planta baja del ESPACITÉ había una oficina de turismo donde me proporcionaron un mapa con flechas para irlas siguiendo, lo cual me tomaría unas tres horas, escalando en la sinagoga, en un museo gratuito de relojería (Espace de l’Urbanisme Horlogier) donde me mostraron un video con la historia de la ciudad, en el Museo de Bellas Artes y, finalmente, en las calles llenas de relojerías. La caminata enlazando todos esos lugares estaba jalonada por bellas casas donde me paraba para admirar su arquitectura.

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Ese Patrimonio de la Humanidad se complementa con la vecina ciudad de Le Locle, pero sentí que ya tenía bastante de relojes por ese día.
Aunque La Chaux-de-Fonds no fue mi UNESCO favorito en Suiza (lo sería días más tarde el trayecto en el Ferrocarril Rético desde St. Moritz a Tirano), me satisfizo todo cuanto vi.
Proseguí a media tarde mi viaje por Suiza abordando un tren con destino Lucerna, donde me quedaría a dormir.

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