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Ladakh (por Jorge Sánchez)

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Este es un sitio que merece ser incluido entre los Patrimonios de la Humanidad por su innegable interés, aunque el encabezado del mismo dé lugar a equívocos. Hace años había dos candidatos en la lista indicativa:
– Gompa de Hemis
– Conjunto del monasterio budista de Alchi, Leh
Y, además, hoy hay otro candidato: “Sitios de la Ruta de la Seda en India” que también incluye monasterios de Ladakh.
Sin embargo, en abril del 2015 desaparecieron los dos primeros y fueron substituidos por “Paisaje cultural desierto frío de la India”.
Cosas de UNESCO.

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El hecho es que visité todos los monasterios referidos en los tres sitios candidatos y varios más, como Lamayuru o Thikse. Es más, en Hemis Gompa coincidí con las grandes fiestas con las danzas anuales de Padmasambhava.
Recuerdo cuando llegué de noche a Leh, en autostop desde Kargil. Un camión de soldados indios me había ayudado. Piqué en un albergue y una tibetana joven me dio el precio por pasar allí la noche. Era caro para mí y me propuse irme al cuartel de los soldados indios, que me estaban esperando en el camión. Ella entonces me dijo: “No te puedo dejar ir. Dame lo que tengas presupuestado y quédate en el dormitorio junto a los demás turistas europeos”.
Esa noche comprendí que en Ladakh me hallaba en el verdadero Tíbet, el más puro, sin injerencias chinas, ni siquiera indias, pues en Ladakh los tibetanos viven a su aire, con pocas restricciones del Gobierno Indio, que les deja hacer.

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Esa hospitalidad tibetana me seguiría a lo largo de todo mi viaje a pie y en autostop por esa zona, hasta que semanas más tarde, vía Zanskar, caminé hasta Manali, en Himachal Pradesh, ya en el mundo indio.
Lo más remarcable de Ladakh son sus gentes y sus monasterios.
Las pocas fotos que muestro aquí, de papel, me las mandaron meses más tarde unos franceses que también estaban caminando por Ladakh hasta las fuentes del río Ganges, en el Monte Kailash.

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En el monasterio de Rizong, habitado por siete monjes novicios (los de las fotos) nos separamos, ellos caminaron al Monte Kailash junto a una caravana de peregrinos indios, y yo, que ya había estado en Tíbet a pie cruzando el Reino de Mustang, preferí internarme en Zanskar, también a pie, en invierno, contando con la hospitalidad de los monasterios “on the road”, como el de Phuktal, donde me acogieron de manera ejemplar, muy humana, inolvidable.
Ojalá que UNESCO ascienda a Patrimonio de la Humanidad este candidato, pues se lo merece.

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