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Lago Titicaca (por Jorge Sánchez)

Para mí llegar al lago Titicaca era un gran logro viajero en Perú, lo mismo que hacer a pie el Camino del Inca al Machu Picchu, o sobrevolar las líneas de Nazca. En Puno, a orillas del Lago Titicaca, abordé una barca rellena de turistas para navegar durante tres horas hasta la diminuta isla de Taquile, que hace tres kilómetros de largo por dos de ancho. Titicaca es el lago navegable que está situado a más altitud en el mundo, y la isla Taquile es la de más población del lago, unos trescientos habitantes. Allí no había coches, ni perros, ni burros. No se concebía la mentira ni la delincuencia, por lo que las casas no usaban cerrojos en sus puertas, y las gentes son hospitalarias y amables. Todos iban vestidos típicamente, con gorros, fajeros y chalecos coloridos. Cuando te ven por la mañana, te saludan: ¡Ayin Punchao!, lo que en quechua significa Buenos Días. Me alojé en una casa particular el este de la isla, para ver el amanecer por la mañana. Las puertas y las ventanas de la casa estaban pintadas con colores vivos muy llamativos.

Los días que pasé en esa isla fueron de los más bonitos y tranquilos de todo mi viaje por Perú. Al fondo se veían los Andes, Bolivia y varias islas más. El agua azulada del lago se hallaba en completa calma chicha. Los taquileños viven de la agricultura, la pesca, de algunas vacas, y del turismo durante los meses estivales. Tiene su museo, un taller de artesanía, una escuela, una iglesia católica y otra evangelista. En el viaje de vuelta al barco hizo escala en las islas flotantes, o islas de los uros, que son islotes sin tierra firme, compuestos de totora, que es una planta que brota en el lago y cuya raíz es comestible, constituyendo un buen remedio contra las enfermedades de garganta. Al andar, el suelo se hunde como si estuvieras pisando uvas. Allí había unas casas de paja, tipo barracas, donde unos nativos vendían artesanía, y otros construían canoas de totora. Aunque me enteré que los uros era ya una raza extinguida, y los habitantes de esas islas eran indígenas de Puno que, al irse el último turista de las islas, se quitaba las ropas típicas peruanas para vestirse con pantalones tejanos, tomaban su barquita y se iban a dormir a sus casas en Puno para regresar al día siguiente y volver a disfrazarse para seguir vendiendo artesanía a los turistas.