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Las Médulas (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Las Médulas caminando, desde Ponferrada, la ciudad de los Templarios, donde había pasado la noche anterior en el refugio de peregrinos. Iba realizando a pie otros caminos menos conocidos a Santiago, y uno de ellos, llamado “De Invierno”, pasaba por Las Médulas, así que determiné “matar dos pájaros de un tiro” visitando al mismo tiempo ese Patrimonio de la Humanidad.
Hacia el mediodía pasé por la reproducción de una casa romana, llamada Domus Procuratoris, a la que hice una foto. Estaba a la entrada a Las Médulas. También muy cerca encontré la Iglesia de San Simón y San Judas. Pero como esos dos lugares se abrían al cabo de 2 horas para su visita (tal como me informaron en el Centro de Visitantes, donde entré a consultar), no quise pararme para verlos por dentro, a pesar de que debían ser interesantes. El camino era el camino y esa noche debía llegar a mi próxima etapa, hasta la aldea de Puente de Domingo Flórez, siguiendo el cauce del río Sil y la Ribeira Sacra gallega.

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Compré pan en una panadería de Las Médulas y proseguí a pie siguiendo las flechas amarillas y los mojones jacobeos, atravesando fantásticos paisajes “lunares”. La visión de esos montículos y farallones de tierra rojiza parecía un cuadro de Salvador Dalí. De vez en cuando hacía un alto para tomar fotografías.

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Ese paisaje de Las Médulas era el resultado del sistema de extracción del oro español por parte de los invasores Romanos, y se llamaba Ruina Montium. Estaba basado en la fuerza del agua para horadar y derrumbar montañas, arrastrando la tierra hasta los lavaderos de oro, donde se recogía el polvo de oro. Ya conocía esa técnica de mis tiempos de buscador de oro durante mis años mozos, en Madre de Dios, Perú, donde trabajé en un campamento de oro como “cascajero”.

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Esa breve visita (de unas 2 horas de duración, no más, pues no quería que me alcanzara la noche) me hizo reflexionar y comparar el saqueo del cien por cien de nuestro oro español, que se llevaba a Roma, con el justo Quinto Real que se embarcaba a España en pago a nuestra tecnología y aporte del mercurio de nuestras minas de Almadén (Ciudad Real, España) para las minas de minerales de América. Quinto Real que luego descendió del 20 al 7 por ciento. Por ello las ciudades americanas como Lima, Potosí y tantas otras, gracias al 80 por ciento y luego al 93 por ciento de los minerales que se quedaban en América, eran muchísimo más ricas que las españolas (a excepción, tal vez, de Sevilla). Oro y plata de América que nuestros reyes Habsburgo despilfarraban pagando a nuestros Tercios de Flandes en sus luchas contra los protestantes de los Países Bajos.

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