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Lena (por Jorge Sánchez)

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En Yakutsk debía esperar durante siete días el permiso militar para embarcarme por el Río Lena hasta la ciudad prohibida y militar de Tiksi, en el Océano Glacial Ártico, base de los famosos y bellísimos aviones Tupolev Tu-95, llamados Bear (Oso) por la OTAN.
¿Cómo emplear esos días de manera provechosa? Fui al puerto fluvial y acabé comprando un tour de tres días con dos noches al Parque Natural de los Pilares del Lena. Aunque adquirí tercera clase en un camarote comunal con varias literas, una vez en el barco MEKHANIK KULIBIN los amables grumetes me instalaron en una suite individual.
Zarpó el barco a media tarde y los pasajeros se reunieron al poco rato en una sala con karaoke, donde se pusieron a cantar y a beber vodka sin coerción. No me extrañó esa actitud pues ya sabía sobre la afición a empinar el codo en Rusia…. ¡pero…! … ¡No había allí ni un solo ruso! todos los 50 pasajeros eran yakutos, sin excepción, incluidos el capitán y sus grumetes, a pesar de que los rusos constituyen aproximadamente un 50 por ciento de la población en la República de Sakha, o Yakutia.

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-¡Qué raro! -pensé- ¿Por qué los rusos no se interesan en visitar los Pilares del Lena?
Entre ellos utilizaban el idioma yakuto, emparentado con el mongol y hasta con el turco. Pero al dirigirse a mí, por deferencia, usaban el ruso.
Una de las canciones que cantaban repetidamente, con letra parecida a un villancico español, llevaba un estribillo que, traducido, decía así:
– … beben y beben y vuelven a beber, los yakutos en el río por ver al sol nacer… lalala… lalala…

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Por la mañana atracamos en una orilla del río Lena. Desembarcamos y me uní a un pequeño grupo de yakutos muy jóvenes que deseaban escalar a un pilar para obtener una vista panorámica del entorno. Los yakutos mayores se dedicaron a colocar cintas de colores en los árboles y a regar con vodka una estatua de un gran tótem de piedra.
Desde allí en lo alto de un pilar la vista era soberbia. En un par de ocasiones fuimos sobrevolados por dos aviones “Oso”. Estaba sobrecogido.
Los jóvenes yakutos me contaron que el río Lena es el décimo más largo del mundo y que el presidiario, y posteriormente revolucionario, Vladimir Ilich Ulianov, tomó del nombre de ese río su apodo de Lenin.
Los indios que cruzaron el Estrecho de Bering para instalarse en América erigían también tótems como recordatorio de los de los Pilares del Lena, pues ése era un sitio religioso para ellos, y aún hoy.

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Me quedé cerca de media hora con los jóvenes yakutos, hasta que decidimos bajar. Una vez en la orilla del río observé la presencia de dos nuevos yakutos. Eran chamanes y vestían de manera especial; él de inmaculado color blanco, y ella de verde botella. Comprendí entonces que aquello era un centro de ceremonias chamanes.
Los chamanes prendieron fuego con unas astillas y leña (más algo de vodka) y comenzaron a danzar alrededor de la hoguera con los brazos extendidos y, dirigiéndose al gran tótem de piedra, gritaban:
– … ¡UUUUUUUHHHHHHH! … ¡UUUUUUUHHHHHHH!
Aquello duró más de una hora. La mujer del chamán se pasó todo el tiempo interpretando música por medio de un khomus, o un arpa de boca, y el chamán pintó con tiza negra de la hoguera la punta de la nariz y la frente de todos los yakutos participantes en el rito.
Yo me sentía en un estado de estupor, asombrado a más no poder por todo cuanto estaba presenciando.
Al acabar las danzas y los cantos guturales bebieron más vodka; me pareció que estaban todos mesmerizados.

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A media tarde regresamos al barco y de nuevo todos se entregaron a beber vodka y a cantar:
– … pero mira cómo beben los yakutos en el río, pero mira cómo beben por ver al sol nacido… beben y beben y vuelven a beber, los yakutos en el río por ver al sol nacer… lalala… lalala…
A la mañana del tercer alcanzamos Yakutsk y pocos días más tarde, cuando me concedieron el permiso militar, zarpé con destino Tiksi, en el Océano Glacial Ártico.