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Leshan (por Jorge Sánchez)

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Chengdu es un lugar de parada obligada para un viajero de larga duración por China. Desde esa ciudad se pueden visitar numerosos lugares extraordinarios, además de tres o cuatro Patrimonios de la Humanidad a un tiro de piedra.
Desde el famoso hostal de Sam viajé primero a Leshan para visitar el Gran Buda de piedra, la estatua dedicada a Buda más alta del mundo. Yo creía entonces que las estatuas budistas de Bamiyan, en Afganistán, superaban en altura a la de Leshan. Pero estaba equivocado, como un chino me advirtió. De todos modos, los fanáticos musulmanes destruirían esas sorprendentes estatuas budistas en Afganistán años más tarde.

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Subí, junto a numerosos chinos y ningún extranjero (era el año 1982 y casi no había turismo en China) hasta justo frente a la cabeza de Buda, por un lateral. Había allí fotógrafos con viejos cacharros que se ofrecían para hacerte una foto junto a Buda, pero yo, a pesar de viajar sin cámara, rechacé esa propuesta pues la foto te la entregaban en papel días más tarde, tras revelarla en un laboratorio, aunque, me aseguraron, me la podían mandar por correo a mi dirección en mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, en España. Temí que la carta no llegara jamás y no acepté. Hoy lo lamento, tenía que haber pagado unos pocos yuan y confiar en que la foto me llegara. Las fotos que aquí muestro me las regaló Carlos, un viajero barcelonés que me encontré en Beijing durante ese mismo viaje de 1982.

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Tras permanecer un buen rato ensimismado frente a esa estatua, descendí y abordé una barca para contemplar el Gran Buda desde el río Minjiang.
No dormí en Leshan; ese mismo día viajé a las faldas del Monte Emei (Emei Shan), una de las cuatro montañas sagradas en China, con la intención de ascender a su cima. Dormí cuando empezaba a oscurecer en un monasterio budista. El segundo día seguí ascendiendo y al caer la noche me alojé en otro monasterio budista. Pero al tercero, con lluvia, retrocedí a Leshan sin poder concluir la excursión a la cima (en aquellos años no había ni teleféricos, ni funiculares, ni burros para ayudarte a subir, aunque me hablaron de un autobús que yo jamás vi), y pocos días más tarde abandoné China, desde Hong Kong, para volar a Manila. Eran los últimos días de diciembre y deseaba pasar las fiestas navideñas en un país católico, como es Filipinas, para sentir calidez humana en unas fechas tan señaladas para un cristiano.

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