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Machu Picchu (por Jorge Sánchez)

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Realicé el Camino del Inca el año 1986. Eran otros tiempos. En la actualidad las condiciones y precios para hacerlo son otros.
Desde Cuzco abordé un tren hasta el kilómetro 88.
Acceder al Sendero del Inca costaba 10.000 soles para los peruanos, pero 105.000 soles para los “gringos”.
Tras más de dos meses viajando por Perú ya estaba cansado de comprobar cómo se abusaba del extranjero. Expliqué al portero que me hallaba en apuros económicos y sin darle tiempo a pensar le dejé sobre la mesa los 10.000 soles y crucé raudamente el puente.

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Nadie me detuvo y yo cada vez caminaba más rápido, por si acaso me seguían.
Iba con una mano por delante y otra por detrás, sin tienda de campaña, sin cantimplora para el agua, sin ropa de invierno, y como todo alimento había comprado dos latas de sardinas de 100 gramos cada una, y un cuarto de kilo de pan.
Mal lo hubiera pasado de no haber dormido la primera noche en la tienda de unos turistas protegiéndome así del frío y de la lluvia. Y el segundo día un portugués me dio comida y me prestó ropa seca tras cinco horas corriendo bajo la lluvia hasta que encontré un túnel para dormir.
¡Y al tercer día llegué al majestuoso Machu Picchu!
Había caminado 45 kilómetros por montañas, ríos y gargantas a más de 3.000 metros de altitud y había admirado bellos paisajes con selva y ruinas incas en el camino. Sí, había sido duro, pero llegar a la meta compensaba por todo.
Por fin me hallaba ante el Machu Picchu, que tantas veces había contemplado en fotografías, uno de los objetivos de mi largo viaje por Sudamérica.
Antes de bajar a visitarlo me quedé más de media hora admirando el conjunto, sentado sobre unas ruinas llamadas Puerta del Sol.

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La sensación de belleza adquiría más fuerza en todos los que habíamos recorrido el Sendero del Inca por cuanto parecía que nos lo habíamos ganado a pulso. Y por ello, cuando nos acercábamos a la Puerta el Sol, dudábamos antes de bajar a unirnos a los miles de turistas que pululaban por el lugar, llegados en infinidad de autocares lujosos. De seguro que nosotros más que nadie saboreábamos el magnetismo y la magia de esas montañas.
En la Puerta del Sol había un danés que había contratado los servicios de un porteador peruano para que le cargara la mochila y la tienda de campaña durante los tres días. También había una pareja muy simpática de franceses, y un grupo de quince estadounidenses cuarentones que habían pagado 300 dólares por persona a una agencia de viajes en Cuzco, para recorrer cómodamente el Sendero del Inca acompañados por quince peruanos que, durante los cinco días que les tomó la caminata, se ocuparon de transportarles las mochilas, tiendas de campaña, sillas y mesas plegables, cocinarles las comidas, y deleitarles las veladas con música de flauta de la altiplanicie interpretándoles “El cóndor pasa” y otras canciones con guitarras y quenas.

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Al final me decidí a bajar a la Ciudad Perdida de los Incas, el Machu Picchu, cuyo nombre significa Pico de la Vieja Montaña.
Machu Picchu es una ciudadela rodeada por montañas rocosas por todos los lados, y circundada por el Cañón de Urubamba.
Tras pasar varias horas ensimismado recorriendo las ruinas, tomé un tren a Cusco, donde visité las ruinas de Sacsayhuamán y Pisac, y al día siguiente me marché a viajar a otra parte.

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