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Malaca (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Malaca en barco, desde Dumai, la Isla de Sumatra, cruzando el estrecho de Malaca, como los viajeros de la vieja escuela, que evitan el avión siempre que pueden. Allí me quedé dos días recorriendo los lugares donde estuvieron dos grandes viajeros del pasado, nuestro misionero navarro San Francisco Javier, y el eunuco chino Cheng Ho (Zheng He), que posee en esa ciudad un interesante museo de dos plantas.

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Tras Malaca seguí mi viaje en autobús a Kuala Lumpur, un día más tarde cogí un tren nocturno a Butterworth, y de madrugada preferí cruzar el estrecho a Penang, hasta George Town, abordando el famoso Yellow Ferry, desechando el autobús que atraviesa un puente. Y es que me encantan los medios románticos de locomoción, como viejos trenes, diligencias, o ferris de los años de María Castaña.

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Pronto hallé un conocido hostal de “backpackers” donde me alojé en su dormitorio, y a continuación recorrí la ciudad, que se considera especial por albergar entre su población una mayoría de chinos, seguidos de malayos y, por último, indios. Aunque la población extranjera es allí imperceptible, hallé un antiguo palacio que perteneció a un comerciante armenio, y fue uno de los muchos emigrantes de esa nacionalidad que llegaron en siglos pasados a Penang para realizar negocios.

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Por ello en George Town se encuentran edificios religiosos budistas, taoístas, musulmanes, hindúes y cristianos. Por las mañana solía ver a los hindúes que caminaban descalzos y vestidos con un faldón a su templo para adorar a sus dioses, mientras que los musulmanes entraban en las mezquitas cuando el muecín llamaba a la oración, y los inofensivos chinos entraban inadvertidamente en sus pagodas para hacer quemar barras de incienso en honor a sus ancestros.
Tras mi estancia de dos días en Penang proseguí mi viaje por Extremo Oriente.

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