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Marrakech (por Jorge Sánchez)

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La primera vez que visité Marrakech fue en 1984, en autostop. La razón fue una vieja canción llamada Marrakech Express, de Graham Nass. El nombre de esa ciudad africana evocaba en mí imágenes de intriga y aventura, al igual que Timbuktú, o Zanzíbar, y deseé viajar a ella.

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No tenía dinero, y dormía sobre un cartón en el suelo, en la Plaza de Djemaa el Fna, hasta que al amanecer, cuando el muecín anunciaba desde su minarete la primera oración, abrían la mezquita de esa plaza y entraba a dormir un poco más, caliente, sobre las alfombras y luego me lavaba.
En ese primer viaje Marrakech no era aún Patrimonio de la Humanidad (lo sería el 1985).

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Regresé a Marrakech en otras condiciones tres décadas más tarde, de manera más consciente, y hasta pude alojarme en un riad de medio pelo (iba acompañado) y comer tres veces al día en restaurantes donde, tras la cena, varias mozas de proporciones físicas que te quitaban el hipo interpretaban la Danza del Vientre. Entonces sí que visité todos los lugares que UNESCO contempla como maravillosos, como las mezquitas de Kutubiya y otras principales, palacios y madrasas. Y un día, para que no se me escapara nada importante, me apunté a un tour en un autobús turístico que me llevó a todos sitios.

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Pero mi mejor recuerdo de Marrakech siempre fue y será la plaza de Djemaa el Fna con sus encantadores de serpientes y sus puestos nocturnos de comida callejera y zumos de naranja natural.

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