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Memorial Mamáyev Kurgán (por Jorge Sánchez)

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Tenía mucha ilusión en descubrir una ciudad que evocaba tanta historia como Volgogrado. Se fundó como Tsaritsyn en el siglo XVI, luego cambió su nombre por Stalingrado. Hoy se llama Volgogrado por hallarse a orillas del río Volga.
Eran los tiempos de la URSS y me acompañaba una amiga rusa. Nos alojamos por dos noches en el hotel Intourist, en el centro. Fue ella quien hizo la reserva de nuestra habitación, pues en aquellos tiempos los extranjeros debían pagar una tarifa más alta en los hoteles.

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Una mañana abordamos un trolebús y nos acercamos a Mamayev Kurgan, que quedaba cerca del centro. Pasamos allí varias horas. Era un lugar imponente y en su interior se rendía respeto a todos los soldados que murieron en defensa de la ciudad durante el asedio alemán. La atmósfera era parecida (hoy puedo decirlo, pero entonces no por no haber estado todavía en otros sitios para compararlo) a la que se experimenta en Hiroshima.
Además de tumbas había un museo y se preservaban diversas armas, como por ejemplo el rifle del legendario francotirador ruso Vasili Zaitsev.

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La colosal estatua, que fue la más alta del mundo en su tiempo, se compara a la de la Libertad en Nueva York. Pero, en mi opinión, la de Volgogrado impresiona más, infinitamente más. Representa a la Madre Patria, a Rusia, a la población rusa.
En esa cruenta batalla murieron alrededor de unos 2 millones de personas de ambos bandos.
A mí siempre me ha sorprendido el que, una vez extinguida la URSS, la mayoría de los rusos respetan a Stalin, cuando está considerado uno de los mayores criminales que ha conocido la humanidad. Pero cuando les digo esto, ellos argumentan que, no obstante, le siguen respetando porque “ganó la Gran Guerra Patria” (los rusos así denominan a la Segunda Guerra Mundial).

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Una vez en la ciudad observamos las ruinas del viejo molino de harina con sus impactos de obuses, como un recordatorio a los ciudadanos de la ferocidad de la Batalla de Stalingrado y del coraje de sus soldados.
Aparte de estos recuerdos de la guerra, poco más visitamos en Volgogrado, y las fotos que muestro no son mías, sino de mi amiga rusa. La última me la hizo junto a la estatua de Pushkin.

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El tercer día abandonamos Volgogrado y nos marchamos a viajar a otra parte.

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