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Metz (por Jorge Sánchez)

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Iba siguiendo en tren, autobús, a pie y hasta en autostop, los pasos de nuestros Tercios de Flandes capitaneados por el Duque de Alba, desde Milán hasta los Países Bajos.
Al arribar a Lorena visité la bella Nancy (Patrimonio de la Humanidad) y tras ello me desplacé en tren a Metz, que constituye precisamente la capital de Lorena. A pesar de que el Duque de Alba no entró en esta ciudad, sino que la rodeó para alcanzar Thionville, yo sí decidí pasar en ella medio día antes de marcharme a dormir a Thionville, ciudad donde, además del Duque de Alba, había pernoctado el Emperador Carlos V.
La estación de trenes fue lo primero que me impresionó de Metz. El edificio está catalogado como Monumento Histórico por los franceses. El interior es una maravilla, pues además de la cristalera de Carlomagno en el Salón del Emperador Wilhelm II, se hallan los frisos, la Torre del Agua al lado; todo su interior es extraordinario.
De hecho, esa estación, o la parte final (pues ya existía otra anteriormente) fue construida por los alemanes (Alsacia y Lorena eran parte de Alemania en esos tiempos) a principios del siglo XX por motivos militares. Esa estación era la última escala de la ruta Berlín – Metz.

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Al caminar hacia la catedral, observé con agrado placas en el suelo señalando que Metz es escala en el Camino de Santiago, lo que me emocionó. Metz es escala en las rutas del norte de Europa que se dirigen a Francia para empalmar con uno de sus cuatro lugares iniciales del Camino Francés (otro sitio UNESCO). En este caso Vézelay o Le Puy.
Este hecho me hizo sentir “en casa”; era como estar protegido por un halo de santidad.
La Oficina de Turismo se halla junto a la Catedral. Allí me dieron folletos y mapas, además de explicaciones sobre la fantástica catedral que me disponía a visitar.
La catedral se llama Saint-Étienne y era gigantesca. Me impresionó más que la de Nancy. Según una empleada de la Oficina de Turismo, la superficie de sus vidrieras era de 6.500 metros cuadrados, siendo la más extensa del mundo, más que nuestra catedral en León (España). Tres de esas vidrieras habían sido fabricadas en pleno siglo XX por el artista ruso-judío (nacido en Vitebsk, en la actual Bielorrusia) Marc Chagall.

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Me quedaban aún 3 horas de tiempo, por lo que me dirigí al río Mosela (que desemboca en el Rin).
Metz es una ciudad de 3.000 años de antigüedad, por lo que no me sorprendió encontrarme en mi camino ruinas romanas, como columnas decoradas dedicadas a Apolo, Minerva, Juno y Hércules, o la Porte Serpenoise, que era una especie de antiguo Arco de Triunfo reconstruido a principios del siglo XX.
Seguí la calle peatonal, por la zona llamada Village Taison, disfrutando de una atmósfera muy grata, casi festiva a pesar de ser un día laborable. Fue allí donde me comí un couscous argelino, pues al ser jueves lo ofrecían a precios de risa como Plat du Jour en todos los restaurantes. El jueves es día de couscous en Francia, como en España es el día de la paella.

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Sabía de le existencia de otras atracciones turísticas en Metz, como el Centro Pompidou, pero tras el couscous quería hacer la digestión con tranquilidad y dejar de visitar tantas piedras, prefiriendo recrearme un poco más por el Village Taison, y tras ello regresé a la estación de trenes para dirigirme a Thionville, donde dormiría junto al palacio donde pernoctó nuestro Emperador Carlos V (hoy en ese palacio han construido una pizzería) y, además, allí descansaron también nuestros Tercios de Flandes cuando trajeron a España el cadáver de don Juan de Austria (que hoy se alberga en el Panteón del Monasterio de El Escorial).

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