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Mont Blanc (por Jorge Sánchez)

En el mes de febrero del año 2014 viajé en autobuses desde el Valle de Aosta (Italia), hasta Chamonix, deteniéndome en cada pequeño pueblo, como Courmayeur, en la parte italiana, que me encantó. Por el camino observé el macizo del Mont Blanc, aunque no las famosas agujas debido a la niebla. Al igual que el monte Everest se halla entre dos países, China y Nepal, el Mont Blanc es compartido entre Italia y Francia. El túnel entre Italia y Francia medía unos 11.6 kilómetros, según me informó el conductor del autobús a Chamonix. Me gustó tanto Chamonix que resolví quedarme un día entero, con su noche.

Aunque el pico más alto de Europa es el Elbrús (de 5.642 metros) entre Rusia y Georgia, el Mont Blanc, de 4.810 metros, es el segundo (el tercero es el Cervino, con 4.478 metros). Había nieve por doquier y muchos turistas franceses e italianos que habían ido allí a practicar el deporte de esquí y se subían hasta la pistas en teleféricos.

Chamonix era un lugar grato, a pesar del frío. Paseando por el pueblo buscando una heladería para comprarme un helado, observé placas y bustos dedicados a personajes con historia relacionada con el Mont Blanc. Por ejemplo, leí un letrero donde se explicaba que Jacques Balmat, un cazador de rebecos, había sido un “turista vertical” al ascender a la cima del Mont Blanc junto a un compañero en 1786 por primera vez en la historia. Al lado se erguía una bella estatua metálica representándole. Un día, buscando oro en el macizo del Mont Blanc, Jacques despareció y nunca jamás se halló su cadáver. Tenía 72 años. Al día siguiente abordé un tren hasta la bella ciudad de Annecy.

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