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Monte Albán (por Jorge Sánchez)

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Nos alojamos tres noches (viajaba con una novia canadiense) en Oaxaca. Era una ciudad indígena muy grata y por las noches el Ayuntamiento ofrecía espectáculos de danzas muy coloridas a cargo de niños.
Nos dimos cuenta que muchos nativos hablaban el español como segunda lengua, y entre ellos utilizaban el zapoteco.
Uno de esos días, siguiendo los consejos de la empleada de la Oficina de Turismo, decidimos tomar un autobús hasta el sitio arqueológico del Monte Albán, el cual nos encantó. En primer lugar por estar rodeado de altas montañas y después por la historia del lugar que nos explicaron a la entrada más las estatuas que allí vimos.

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Fuimos al Monte Albán para conocer más acerca de las culturas precolombinas, pero no por ser un sitio UNESCO, ya que el año de nuestra visita (1983) aún no había sido declarado Patrimonio de la Humanidad (lo sería el año 1987).

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Aunque como ruinas nos habían gustado más las pirámides de Teotihuacán, cerca de la Ciudad de México, las del Monte Albán gozaban de una situación privilegiada y fue lo que más nos encantó.
Todo un día pasamos recorriendo ese enorme complejo. Había piedras grabadas, zonas de juego de pelota (pero no del balompié actual, sino de juegos de pelota antiguos de los indígenas), semi-pirámides, estelas, palacios y más palacios… no llegamos a verlo todo, nos empachamos de ruinas, por lo que hacia la media tarde nos cansamos y regresamos a Oaxaca a ver más danzas de niños.

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A pesar de las explicaciones históricas, ni ella ni yo éramos arqueólogos por lo que tras varias horas te aburrías, pues al final todas las ruinas nos parecían iguales.
Al día siguiente viajamos en autostop a San Cristóbal de las Casas.