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Nagasaki (por Jorge Sánchez)

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Buscando huellas sobre el misionero navarro san Francisco Javier, que fue el primer español en viajar a Japón (en en año 1549), escalé en Nagasaki, pues deseaba visitar allí el Parque de la Paz, donde en 1945 cayó la segunda bomba atómica.
Sabía que Nagasaki albergaba la mayor concentración de cristianos en Japón, y las iglesias erigidas por ellos estaban catalogadas en la Lista Indicativa de la UNESCO, lo cual es el primer paso para ser declaradas en su conjunto, en un futuro, Patrimonio de la Humanidad.

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Junto al parque observé un monumento que llamó mi atención. Consistía en 26 estatuas metálicas incrustadas sobre una pared; representaban los primeros 26 mártires del Cristianismo en Japón, y fueron crucificados en esa ciudad. Entre ellos había un joven que naufragó en las costas japonesas cuando se dirigía desde México a Filipinas a bordo del legendario Galeón de Manila. Se llamaba Felipe de Jesús, el primer santo mexicano.

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Justo al lado se hallaba una iglesia de diseño muy original que yo de inmediato bauticé “¡Manos arriba!”. Su construcción estaba inspirada en las obras del arquitecto español Antonio Gaudí. Entré por curiosidad y me atendió su párroco, un mexicano entrañable con aspecto de patriarca, que me colmó de zalamerías invitándome a merendar bollos de nata junto a unas damas, también mexicanas, casadas con hombres de negocios japoneses. Gracias al párroco mexicano ese día aprendí que san Felipe de Jesús había viajado junto a uno de mis héroes viajeros: Juan Pobre de Zamora, lo cual me llenó de gozo.
Juan Pobre de Zamora, el jienense Pedro Ordóñez de Ceballos y el aragonés Pedro Cubero Sebastián fueron los tres primeros “backpackers” en la historia de la Humanidad en dar la vuelta al mundo por su cuenta, y en solitario. Juan Pobre de Zamora, debido a su granujería, escapó de la crucifixión en Nagasaki y prosiguió su vuelta al mundo, hasta España, en barcos y a pie, vía Malaca, India y Babilonia, tal como relata en su libro (ver la portada en la última foto adjunta).
Al acabar el refrigerio y la charla ya era de noche, y para dormir no se me ocurrió otra cosa que desplegar mi saco de dormir entre el monumento de los 26 crucificados y esa iglesia, sobre un banco de madera de respaldo curvo, mis preferidos. Pero alrededor de una hora más tarde, cuando ya estaba entre los brazos de Morfeo, alguien me despertó: ¡era el párroco mexicano! Me sentí muy azorado pues no le había contado que andaba corto de dinero. Me invitó a pasar el resto de la noche en la celda del monaguillo, cosa que acepté.

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El día siguiente era domingo y fui a la misa, pero no en esa iglesia sino en la histórica catedral, llamada Urakami, o Santa María, construida en el siglo XIX, justo cuando Japón derogó la ley que prohibía el culto cristiano. En su tiempo era la iglesia más grande de Extremo Oriente asiático.
La catedral se llenó de parroquianos. Calculé que la mitad eran japoneses y la otra mitad la componían occidentales, americanos y europeos. También observé un grupo de peregrinos cristianos. Eran coreanos; la noche anterior se habían embarcado en el ferry de Busán a Shimonoseki y de allí habían tomado el tren a Nagasaki.

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Compré un cirio, asistí a la misa y al concluirse me dirigí a pie a la estación del tren para proseguir mi viaje a Kagoshima, satisfecho por todo cuanto me había acontecido en mi escala de un día en Nagasaki.
Como suele ocurrir en los viajes, uno viaja en busca de una cosa y acaba encontrando otra inesperada que te sorprende aún más.