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Nueva Caledonia (por Jorge Sánchez)

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Al aproximarse con el avión uno se apercibe de la belleza de la isla “Grande Terre”, la mayor de Nueva Caledonia. Es alargada y todo su lomo es montañoso.
En las dos semanas que pasé en Nueva Caledonia debí ver los seis conjuntos marinos de esta isla, pues gracias a una nativa francesa rodeamos completamente la isla con su coche durante siete días, para huir de la capital Noumea, llamada la París del Pacífico, pero yo la encontraba demasiado glamorosa, y sobre todo cara.

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Parábamos en todas las playas y observábamos los ecosistemas, además de otros atractivos turísticos, como el islote de la Cocotte, o las famosas minas de níquel, que han enriquecido esas islas durante muchos años. Las lagunas eran nuestro sitio preferido para detenernos con el “4 latas” para pasear, bañarnos y observar los corales. Vimos muchos peces exóticos, pero nunca encontraría tortugas; al parecer no era la época cuando yo estuve.
El único contratiempo que experimenté alrededor (no en mí personalmente, al ser español) es la visible malestar entre los nativos kanak (una raza melanesia) y la población francesa, que siempre están como el perro y el gato. Los kanak, al verme fruncían el ceño, pero al oír mi acento “de garrafa” del francés, de inmediato adivinaban que no era francés, y sonreían por ello, y más al saber que era español, nacionalidad con la que simpatizan por nuestras costumbres, como el flamenco y la paella. A los franceses los llamaban “colonos”.

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Mi amiga, jamás en dos semanas la vi relacionarse con los kanak, ni para saludarse, algo que encontré muy raro y me hizo constatar la tensión que existe entre las dos comunidades de Nueva Caledonia. Sin embargo, yo no paraba de hacer amistad con ellos y todos accedían a fotografiarse conmigo, como muestro en estas fotos de papel que me regaló mi amiga francesa hace ya cuatro décadas.
(En todas las fotos salía yo, lo siento. He mutilado varias de ellas para eliminarme).

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Las playas eran tan blancas que parecían estar hechas con polvos talco, y te deslumbraban a la vista. Las aguas eran de color turquesa.
Un día entre los días realizamos una excursión de dos días a la vecina Île des Pins.
Tras Nueva Caledonia me marché a viajar a otro sitio.

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