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Ogasawara (por Jorge Sánchez)

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En el año 2012 la organización UNESCO estimó que el archipiélago de Ogasawara, compuesto por unas 30 islas, merecía ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la riqueza de su ecosistema más su fauna endémica.
Unos años antes había navegado a la isla principal de ese archipiélago, a Chichi Jima, por otro motivo: había estudiado que Bernardo de la Torre, de la expedición del hidalgo Ruy López de Villalobos, a bordo de la nave San Juan de Letrán había descubierto en el año 1543 diversas islas de ese archipiélago. Avistó Chichi Jima y la describió, bautizándola Farfama, pero no llegó a desembarcar en ella. Sí que lo hizo en Parece Vela, Iwo Jima y en Marcus, entre otras.

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El único modo de que los turistas viajen a esas islas es abordando un ferry que zarpa semanalmente del puerto de Tokio y toma unas 30 horas en llegar a Chichi Jima. Como no regresa a Tokio hasta tres días más tarde, ese es el tiempo mínimo del que uno dispone para descubrir esas islas.
Si la vida en Japón es cara, en Chichi Jima lo era todavía más, ya que la mayoría de los productos se traían desde Tokio. El hotel más barato era el Horizon Dream, pero sus precios eran disparatados para mi presupuesto. Existía un albergue de juventud, pero en las fechas que yo estuve en Chichi Jima, estaba cerrado. Por ello mi alojamiento durante tres noches fue una cabaña de paja en la playa. Muy cerca de ella había un grifo mediante el cual me lavaba, duchaba y afeitaba a diario.

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Visité en autostop la práctica totalidad de la isla, con su flora y parte de su fauna, observado lagartos de aspecto raro y aves exóticas de diversos pelajes, avisté sus caladeros de ostras en el mar, y hasta fui invitado en un par de ocasiones a beber té en las casas de los amables japoneses que me recogían en sus vehículos.
Noté que los nativos tenían facciones ligeramente diferentes de las de los japoneses de las islas principales del país. Y es que Ogasawara siempre fue escala de marineros y balleneros, algunos de los cuales se reproducían con fruición con las lozanas mozas locales. Por poner unos ejemplos, el párroco de la Iglesia Católica me confesó que era medio portugués debido a un marinero de la Isla de Madeira que sedujo a su madre, y el monje sintoísta del templo en lo alto de la colina, con el que también hice amistad, me contó que tenía mezcla de sangre estadounidense, concretamente de un abuelo de Oklahoma, que era ballenero.

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Durante mi estancia no dejé de visitar el Museo de Historia. En él recordaban mediante letreros a Bernardo de la Torre y a Ruy López de Villalobos, aunque su nombre lo deformaban por Louis.
El cuarto día me despedí de mis amigos, del párroco y del monje, y embarqué en el ferry de regreso a Tokio.
Al igual que ocurrió a la llegada, bailarines ataviados con ropajes coloridos nos deleitaron a los pasajeros con vistosas danzas.
¡Sayonara Chichi Jima!

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