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Palenque (por Jorge Sánchez)

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Palenque sería el primero de los tres sitios mayas importantes que visitaríamos en la Península de Yucatán. Los otros dos, Tikal (en Guatemala) y Copán (en Honduras), los conoceríamos en días posteriores.
Iba viajando en autostop por Centroamérica junto a mi novia canadiense. En el estado de Chiapas nos paramos dos días en la encantadora población indígena de San Cristóbal de las Casas, tras ello descansamos dos días más en la espectacular “Área de Protección de Flora y Fauna Cascadas de Agua Azul”.
Ya se sabe, éramos dos mancebos briosos y nos pasamos los dos días disfrutando de la Gran Cascada en medio del follaje, hasta que decidimos continuar en un camión a Palenque.

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Palenque como pueblo carecía de interés; lo único atractivo eran sus espectaculares ruinas mayas en la densa jungla, cuyo primer europeo en admirarlas fue el fraile dominico español Pedro Lorenzo de la Nada, en el siglo XVI.
La poderosa maleza de los alrededores de Palenque también nos llamó la atención gratamente. Había hojas de plantas tan grandes que podían envolver a un ser humano, como si fuera un kebab moruno.
El complejo constaba de varios templos más un acueducto. Lo visitaríamos todo, el templo dedicado al Sol, el del Conde, el del León, el Palacio con su torre observatorio, y hasta el Juego de Pelota.

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Los bajorrelieves estaban muy bien acabados, lo que demuestra el alto grado de civilización de los antiguos mayas. Además, su calendario era el más perfecto del mundo, por ello hoy sabemos la fecha exacta de la erección de cada templo.
Uno de los momentos más emocionantes en esas ruinas fue cuando descendimos por un corredor en el interior del Templo de las Inscripciones para observar en la cripta donde se enterró a un rey maya llamado Pakal, una gran losa de piedra con inscripciones jeroglíficas que ha causado mucha controversia, pues se distingue a un maya pilotando una especie de nave extraña.

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Había un museo junto a las ruinas albergando más bajorrelieves de piedra, adonde también entramos.
Tras Palenque viajamos en camiones a Villahermosa, en el estado de Tabasco, para admirar otro lugar arqueológico superlativo: las gigantescas cabezas de piedra de la civilización Olmeca, de las que se especula que representaban a hombres africanos.

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