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Panjakent (por Jorge Sánchez)

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Llegué a la frontera con Tayikistán desde Samarcanda. Había abordado el primer autobús de madrugada con la confianza de que los agentes de Emigración no controlaran demasiado a los pasajeros. Y así fue. Yo era el único extranjero; iba con barba de dos semanas y ataviado con un típico gorro uzbeko de colorines y pasé desapercibido. No me requirieron el pasaporte pues los tayikos y los uzbekos cruzan de un país a otro como Pedro por su casa, mientras que a los españoles, en esos años (1996) nos resultaba extremadamente difícil obtener el visado tayiko, como había comprobado días antes en Tashkent.

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Tras el cambio de autobuses alcancé Panjakent poco rato después. Observé que la ciudad no era atractiva debido a los bloques soviéticos. Sin embargo las gentes se desplazaban en burro o en caballos, y el mercado era sumamente exótico, aunque la mayoría de los productos que allí se vendían eran chinos.
Caminé hasta salir de la ciudad, a las ruinas de la antigua Panjakent, nombre que significa Cinco Ciudades, pues han sido cinco las ciudades que se han superpuesto desde que se fundó la primera en el siglo V en los tiempos de Sogdia, o Sogdiana.
No me causaron gran impresión esas ruinas, estaban dejadas de la mano de Dios. El recinto no estaba protegido, cualquiera podía entrar con su burro, llevarse piedras, o agacharse para hacer sus necesidades fisiológicas, como pude observar.
Un mapa en una esquina del complejo indicaba los límites de la vieja ciudad.

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No pasé más de dos horas allí; me interesé más por recorrer el zoco y comprar pinchos morunos. Tras ello entré en el museo dedicado al poeta Rudaki. Allí sí que invertí varias horas en estudiar la historia de ese lugar y de Tayikistán en general. El museo constaba de dos plantas, una era del período soviético y la revolución bolchevique, donde apenas perdí mi tiempo, pues todo era propaganda comunista, pero en la segunda planta había animales endémicos disecados, ejemplos de la flora del país, mapas de las montañas de Tayikistán, frescos antiguos, además de poemas de Rudaki traducidos al ruso.

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Cuando comenzó a oscurecer regresé a la frontera y entré en Uzbekistán como Pedro por su casa.

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