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Pantanal (por Jorge Sánchez)

Encontrándome en Campo Grande (Mato Grosso do Sul), me enteré de que el primer explorador europeo en explorar el Pantanal fue el andaluz Álvar Nuñez Cabeza de Vaca, uno de mis héroes viajeros. Pregunté en la oficina de turismo cómo visitar ese pantanal y me informaron que, de hecho, estábamos en él y sólo tenía que desplazarme unos pocos kilómetros en dirección al “mato” para sentirme en él, pues abarca una extensión de unos 200.000 kilómetros cuadrados divididos entre Brasil, Bolivia y Paraguay, lo que equivale a la superficie de Bielorrusia, o a dos veces la isla de Islandia. Por un mapa que me facilitaron vi que, desde que salí de Foz do Iguaçu (donde admiré las famosas cataratas desde el lado brasileño) hasta Campo Grande, había atravesado por carretera parte de ese inmenso pantanal. Pero yo quería más, quería hacer una excursión para sentirme en la verdadera jungla y ver animales salvajes endémicos de ese territorio. Como las excursiones para el Pantanal se suelen organizar desde Cuiabá, capital del estado de Mato Grosso, hacia allí me dirigí.

Llegué a Cuiabá cansado y con hambre. Necesitaba trabajar para ganar dinero y visitar el pantanal. En un parque donde me instalé para dormir hice amistad con unos vagabundos ex-garimpeiros, algunos de ellos esperando la muerte por haber contraído paludismo, que me informarían de las posibilidades de trabajo en ese estado:

– extracción de diamantes a comisión
– extracción de oro de garimpo con un sueldo de 6.000 a 25.000 cruzados al mes (era el año 1986 y entonces en Brasil tenían el cruzado)
– limpiar piscinas en un balneario de aguas calientes en el Pantanal

Deseaba un trabajo tranquilo, así que elegí el tercero que me daba la oportunidad de vivir en el Pantanal de manera gratuita y, además, cobrando por mi trabajo.

Me dirigí a carona, que es como denominan allí al autostop, hasta un balneario situado no muy lejos de Cuiabá, dentro del “mato” profundo. El dueño era paraguayo y me tomó mucha simpatía por ser español. Trabajé siete días limpiando piscinas en un lugar de escenario paradisíaco, un spa (balneario) en una reserva natural dentro del Pantanal con aves tropicales y flores exóticas, palmeras, colinas cubiertas por exuberante vegetación, y aguas a diferentes temperaturas naturales, desde muy caliente a muy fría. Allí el clima era tan caluroso y seco que diariamente tenía que beber de cinco a seis litros de líquido, aunque no tuviera sed, para evitar deshidratarme.

Claro, al estar trabajando no pude salir de excursión para observar la fauna. Los clientes llegaban a la hora de la cena entusiasmados por haber visto jaguares, cocodrilos, osos hormigueros, tapires y otros animales exóticos. Yo los escuchaba con cierta envidia sana (la mayoría de esos clientes eran argentinos). Pero al menos vi tucanes, exuberante flora, y cada noche me acostaba arrullado por los sonidos de los pájaros de los alrededores del balneario. Tras el trabajo en el balneario me dirigí con mis cruzados a carona hasta Rondonópolis, y de allí a Brasilia.