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Ping Yao (por Jorge Sánchez)

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Desde la estación caminé a la parte vieja. Cuando me dirigía a un chino para preguntarle por la ciudad amurallada, antes de abrir la boca el chino me señalaba el camino, pues están acostumbrados a ayudar a los turistas y todos preguntan por lo mismo. De todos modos era evidente el camino, pues en las calles había grandes signos metálicos de UNESCO que te conducían a la parte histórica.

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La muralla tiene una altura de 12 metros y una longitud de 6 kilómetros. Posee 6 portales barbacana de entrada y cuenta con 72 torres de vigilancia. La vista desde el exterior es espectacular, me sedujo a primera vista; me recordó a Ávila, en España. En la entrada había un kiosco donde vendían una especie de bono que te permitía visitar todos los sitios turísticos que uno deseara, tales como casas tradicionales antiguas, museos y templos, a un precio de “tarifa plana”, lo cual era más conveniente que comprar cada billete de entrada por separado. Sin embargo, encontré caro el precio, por lo que determiné descubrir la ciudadela a mi aire, y si algún sitio me atraía especialmente compraría un billete individual de entrada.

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Durante unas cuatro horas recorrí prácticamente todas las calles centrales, más la atractiva Torre del Mercado (también llamada por unos folletos en inglés “City Tower”, o Torre de la Ciudad) y entré en varios lugares históricos donde no se precisaba billete. Probé diversos productos que ofrecían en las calles, como yogures caseros y varios dulces. Por todas partes vendían souvenires. Pregunté por curiosidad en un hotel dentro de la parte histórica. Parecía muy acogedor e histórico, me gustó mucho. Pero el precio por una habitación oscilaba entre 1280 y los 4880 yuanes. Un euro equivalía a unos 7,5 yuanes, es decir, que el precio de la habitación más barata salía por unos 170 euros, mientras que la suite VIP lo hacía por unos 650 euros. Sin embargo, varias mujeres en la calle te ofrecían un cuarto en sus casas, o en una pensión, por menos de 100 yuanes. Las calles, en su mayoría, eran peatonales pero de vez en cuando pasaban bicicletas, minibuses con turistas extranjeros y rickshaws tirados por un chino. Había mucha limpieza en esa ciudadela y casi todas las casas eran de una sola planta, salvo la Torre del Mercado, que constaba de varios pisos. Los tejados de madera eran uniformes, construidos siguiendo un mismo patrón. En casi cada esquina había mapas en chino y en inglés mostrando los lugares más notables. Los servicios de lavabos eran gratuitos. Todo estaba muy orientado hacia el turismo, la economía principal de Ping Yao.

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En la oficina de turismo te ofrecían información y mapas en varios idiomas. Lo que más me sedujo de Ping Yao, además de la muralla, fueron la Torre del Mercado, erigida el siglo XIV, un templo taoísta y otro dedicado a Confucio. En la oficina de turismo me habían aconsejado visitar los templos de Zhenguo y Shuanglin, a pocos kilómetros de distancia, que también están incluidos en el Patrimonio Mundial de Ping Yao, pero con la visita al interior de la ciudadela me quedé satisfecho. Además, pronto se haría oscuro y de haber querido ir a esos dos templos me habría visto obligado a pernoctar en Ping Yao, y tenía prisa por viajar en el tren del Tíbet.