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Potosí (por Jorge Sánchez)

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Potosí es conocida como Villa Imperial. Su riqueza, debido a sus asombrosas minas de plata fue tal que atrajo a todo tipo de individuos que, menos trabajar a pico y pala, se las ingeniaban para vivir a cuenta de sus prójimos, ya fuera ejercitando sus habilidades como tahúres en las salas de juego o, en el caso de las mancebas, ofreciéndose a los mineros en sus salones de “masajes”. Según una crónica antigua, a finales del siglo XVI Potosí contaba con unos 800 granujas expertos en desplumar a los incautos jugadores de cartas en los casi cuarenta casinos que esa ciudad albergaba, y 120 hetairas jóvenes y bellas.

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De esos tiempos viene la castiza frase de “Vale más que un Potosí”.
Llegué a Potosí ya oscureciendo, proveniente del Salar de Uyuni. Había sido un viaje penoso en autobús, pues Potosí se sitúa a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar. Conocía esa ciudad de un viaje anterior dos décadas atrás. y todavía recordaba que me alojé en una pensión de la calle Oruro. Pregunté por ella y, efectivamente, abundaban en esa calle los alojamientos, así que enseguida encontré uno a buen precio y me quedé una noche.

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Iba de tránsito hacia el Gran Chaco, para cruzar a Asunción en Paraguay, con una escala de medio día en Sucre, y un día más tarde Santa Cruz, ya en la selva, por ello hacia las 14.00 horas del día siguiente abandonaría Potosí, pues no me gusta repetir los lugares donde ya he estado. Así y todo revisité varios sitios que aún recordaba, como la Catedral y demás atracciones turísticas de los alrededores de la céntrica Plaza 10 de Noviembre y su estatua de la Libertad, como la Casa de la Moneda y diversas iglesias cercanas, entre ellas la de Santa Teresa de Jesús, de San Bernardo, de San Francisco, la famosa Torre de la Compañía… y deambulé por los callejones centrales admirando los encantadores balcones, que en cierto modo me recordaron a los de Cartagena de Indias.
No visité en esta ocasión las minas de plata, cosa que ya había hecho en mi viaje de finales del siglo XX.

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Me sentí satisfecho, pues había “cumplido” con mis deberes turísticos para anotar el Patrimonio de la Humanidad de Potosí como “liquidado”.
En mi camino a pie hacia la estación de autobuses noté un poco antes de llegar un signo de UNESCO, al que tomé una fotografía.