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Querétaro (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Santiago de Querétaro casi en éxtasis. Esa era la última ciudad de las veinte que durante veinte días seguidos había recorrido siguiendo El Camino Real de Tierra Adentro (a propósito, otro Patrimonio de la Humanidad en la lista de UNESCO).
Cansado de dormir en autobuses nocturnos o en estaciones de trenes esos veinte días, esa noche, la última, tiré la casa por la ventana y me gasté 400 pesos (unos 20 euros) por una excelente habitación en un hotel frente a la catedral, encantador, con un patio interior que me recordó a la Plaza Mayor de Tembleque (en La Mancha, España).
Tras dejar mi pequeña bolsa en mi cuarto salí a deambular a la Plaza de Armas, donde di con un restaurante con música de mariachis. Allí pedí una cerveza Pacífico, una margarita más una botella de pulque. Me sentía regocijado.
Esa noche dormí como un lirón en mi cuarto.

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Santiago de Querétaro es una ciudad jacobea. Por la mañana comencé mis visitas entrando en el Templo de San Agustín. En la fachada principal había una representación del Apóstol Santiago montado en su corcel blanco matando moros. Incluso en el escudo de la ciudad aparece Santiago Matamoros montado en su caballo blanco.
Querétaro es conocido por un largo acueducto de 9 kilómetros de longitud, erigido en tiempos de la colonia, al que me acerqué, ya que no se hallaba lejos de mi hotel. Pero la visita estrella fue la que efectué a continuación al Templo y Convento de Santa Cruz, que estaba relacionada con el Camino Real de Tierra Adentro.

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Tuve que esperar hasta que abrieran su museo. Mientras tanto observaba las estatuas a su derredor, una de ellas dedicada a Santiago Apóstol, otra a Fray Antonio Margil de Jesús (un humanista y religioso español, de Valencia), y la tercera a Fray Junípero Serra, que moró allí un tiempo. Bajo la estatua se podía leer:
“Al eximio humanista Fray Junípero Serra, civilizador de los pueblos Pames y Jonaces, hombre egregio que vinculó la cultura hispana con las milenarias culturas indígenas de la Sierra Gorda, en donde dejó la huella profunda de su entrega y solidaridad con la Humanidad.

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Pueblo y Gobierno de Querétaro al dedicar este monumento en el bicentenario de su muerte, rinden también férvido homenaje a los heroicos civilizadores que compartieron con él una hazaña imponderable. Querétaro, Noviembre de 1984”
También leí en las paredes del templo los siguientes letreros:
“A la memoria de los heroicos misioneros que durante dos largas centurias salieron de este convento para llevar la civilización a vastas regiones de América. Querétaro agradecida”.
“Al conmemorar los 500 años del encuentro de las culturas hispana e indígena, pueblo y Gobierno de Querétaro reconocen en ello el mestizaje que dio origen a lo que hoy es México. Querétaro 12 de octubre de 1992”.
Cuando abrieron el museo seguí un tour junto a otros turistas. Nos enseñaron la habitación donde pernoctó en 1867 el Emperador Maximiliano antes de ser llevado a un cerro vecino para ser fusilado.

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El guía, que era un entrañable monje llamado Jesús, nos mostró un fresco sobre una pared. Aparecía una cruz y el Apóstol Santiago sobre su caballo blanco. Lo miraban cuatro personas, un conquistador con su morrión, un jefe indio Chichimeca con el pecho descubierto, más un hombre y una mujer vestidos de paisano. A la derecha estaban pintados dos monjes franciscanos evangelizando a un matrimonio de indios con dos hijos. El paisaje estaba situado en Querétaro, con cerros y cactus dibujados.
La aparición había sido un milagro, como el de la Batalla de Clavijo, supuestamente acaecida en el año 844 en España.
Y, en efecto, según cuenta la historia, el 25 de Julio de 1531 los españoles iban a construir una ciudad cuando los indios Chichimecas se les opusieron. Comenzó una batalla campal entre ambos bandos cuando de pronto hubo un eclipse y en el cielo apareció la figura de Santiago montado en su caballo blanco, junto a una enorme cruz. Los Chichimecas vieron en ello un signo de Dios. Dejaron de guerrear, aceptaron la erección de la ciudad y se convirtieron mansamente al Cristianismo.
Tras el tour me quedé un rato con el octogenario monje Jesús. Me enseñó varias reliquias sagradas y los sitios donde se produjeron milagros. En un jardín, Jesús me mostró unos arbustos cuyas espinas crecen en forma de cruz, y los aposentos de los guías de las caravanas del Camino Real de Tierra Adentro.
A media tarde alcancé en autobús México D. F. y visité de inmediato el viejo almacén del edificio de aduanas donde se almacenaba el quinto real para ser enviado a España (el 80 por ciento de la plata se quedaba en México, por eso sus ciudades eran más ricas que las españolas), y se calculaban las alcabalas y almojarifes.