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Rabat (por Jorge Sánchez)

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Me encantó Rabat, una de las cuatro ciudades reales de Marruecos (las otras tres son Marrakech, Meknes y Fez). Me dio lástima el que no dedicara más de un día a descubrirla, pero debido a mi menguada economía tenía que proseguir hacia España sin más demora, y en mi camino sólo haría escala en los patrimonios de UNESCO con los que me tropezara.

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Al ser Rabat una ciudad con una población que ronda el medio millón de habitantes, se recorre a pie muy fácilmente. Desde la estación de trenes caminé al zoco, y después, por consejo de un vendedor de alfombras con el que hice amistad, me dirigí a la kasbah (fortaleza) con sus estrechas calles y casas pintadas de color azul, lo que me hizo recordar a la ciudad azul de Chauen (o Chefchauen), una población al norte de Marruecos. El nombre completo era Kasbah de los Udayas (una tribu del desierto). En la entrada, que se realiza a través de un portal (o “bab” en árabe), varios muchachos jóvenes me estaban esperando para ofrecerse de guías, pero yo me desembaracé de ellos de manera expeditiva. Algunos me seguían impertérritamente, hablándome en español (siempre descubrían mi nacionalidad, aunque no abriera la boca).

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No me dejaron entrar en la vieja mezquita, pero la vi por fuera. Tras ello me introduje en los jardines andaluces, que visité durante un cuarto de hora. Muchos moriscos expulsados por Felipe III a principios del siglo XVII se instalaron en esa kasbah y construyeron ese jardín por la nostalgia que sentían de Andalucía.
A través de un puente sobre el río Bu Regreg crucé al otro lado para visitar la medina de Salé y la necrópolis de Chella. De regreso al centro de Rabat penetré en un recinto protegido por la Guardia Real marroquí montada a caballo. Dentro se hallaba el mausoleo de Mohammed V y la Torre Hassan. En el mausoleo, de bello estilo árabe-andaluz, no entré (no sé si me habrían dejado de haberlo intentado) pues no soy amante de visitar mausoleos ni cementerios; me pongo triste en ellos. Pero sí que contemplé la Torre Hassan, que me pareció una construcción espléndida. En el siglo XII se intentó erigir la mezquita más grande del mundo de aquel entonces y el minarete debía sobrepasar los 60 metros de altura, pero al llegar a los 44 metros el sultán que ordenó la construcción murió y los trabajos cesaron. Finalmente caminé hasta el Palais Royal, residencia de Mohammed VI, actual rey de Marruecos, y a media tarde viajé en tren hasta Meknes.