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Røros (por Jorge Sánchez)

Røros me pareció un pueblo de juguete con casitas medievales de troncos de madera, unas 2000 en total, según un folleto que me regalaron en idioma español en la oficina de turismo. Llegué cerca de medianoche y había luz, es la ventaja de viajar a Escandinavia en el mes de junio, durante las llamadas noches blancas. Tomé muchas fotografías y salieron bien, claras, como si las hubiera tomado a las 9 de la mañana. No había nadie en las calles, parecía un pueblo fantasma. En una hora y media vi todo lo importante, excepto el interior de la iglesia, que estaba cerrada. Esa iglesia fue el centro de la antigua población minera de Røros, que desde el siglo XVII se desempeñaba extrayendo el cobre. El museo también estaba cerrado a medianoche.

Dormí unas pocas horas junto a la estación de tren y cuando abrió la primera cafetería, a eso de las 7 de la mañana, desayuné un café con leche más un bollo de nata y tras ello reanudé mis visitas. Tenía tiempo de revisitar Røros hasta las 3 de la tarde, cuando el tren me dejaría a 100 kilómetros de distancia de Trondheim para peregrinar a pie el Camino de San Olav hasta la catedral de esa ciudad, donde se enterró a ese rey santo, y así obtener el equivalente al documento de la compostela española en el Camino de Santiago. Noté que en las antiguas casas de madera antiguas, unas cuantas las habían transformado en tiendas de ropa, souvenires, cafeterías, restaurantes, y hasta en peluquerías y dentistas. La cafetería donde desayuné, por ejemplo, era una de esas casas viejas de madera, muy coqueta.

Había solo una calle principal más otra paralela donde se encontraban estas casas. La biblioteca quedaba detrás de la calle principal y la oficina de turismo cerca de la estación de tren. La iglesia era atractiva, la hallé abierta y con feligreses rezando. Era protestante. No obstante compré un cirio al monaguillo del reverendo. El patio de la iglesia estaba lleno de tumbas. Crucé el río y subí al segundo piso del museo de madera. Desde allí había una bella vista del pueblo con su iglesia más un signo metálico de UNESCO. La entrada al museo no era cara y compré un billete, pero en su interior solo vi instrumentos para extraer el cobre, la chimenea y fotos antiguas de como era Røros durante su actividad minera, hasta que en el año 1977 cerraron las minas. Ahora los habitantes de Røros ya no se dedican a extraer cobre, sino a extraer el dinero a los turistas. A las 3 de la tarde embarqué en mi tren en dirección a la bella Trondheim.

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