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Saint George (por Jorge Sánchez)

A mediados de diciembre del 2002 me hallaba en Miami y disponía de unos días libres antes de volar de regreso a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, para celebrar las Navidades junto a mis seres queridos. Una agencia de viajes cubana me ofreció un precio chollo a las islas Bermudas si pasaba en ellas un mínimo de 3 días, así que compré el billete de avión. Me atraía conocer unas islas que habían sido descubiertas (y nombradas) por un andaluz llamado Juan Bermúdez. Aterricé a media tarde en Hamilton, la capital de Bermuda. La calle principal estaba muy animada con centenares de nativos bailando con frenesí al son de música de trompetas y tambores, como si fuera un Mardi Gras. Al caer la noche me instalé en un parque, sobre un banco de madera de respaldo curvo, mis preferidos, para pasar la noche. Y al día siguiente caminé hasta Saint Georges, donde pasaría los dos días restantes.

La naturaleza de la isla era bella; caminando observaba jardines llenos de flores exóticas, bambúes, adelfas, palmeras, mansiones palaciegas. Y me pareció que todos los habitantes eran ricos, pues vestían muy bien, y los niños jugaban al golf en los jardines, y cuando una pelota caía lejos, no se molestaban en ir a recogerla, pues tenían muchas. Por eso se veían a veces pelotas de golf por entre la hierba de los parques. Yo recogí tres de esas pelotas como recuerdo de mi visita a las Bermudas. Todos los niños de las Bermudas estaban bien rollizos y vestían de etiqueta con pantalones “bermudas”, tirantes y corbata, con ropas importadas de las mejores casas de moda de Londres; se notaban que sus padres los alimentaban y cuidaban bien. Como comparación, había estado días atrás en las islas Turcas y Caicos, donde el nivel de vida de los nativos era mucho peor; allí los niños jugaban con palos, chapas de botellas y desechos que encontraban en la playa. De vez en cuando oía hablar portugués, y ello era debido a la gran población de inmigrantes portugueses que emigraron a Bermuda desde las islas Azores y Madeira.

Al llegar a Saint Georges visité los diversos fuertes, como el de Santa Catalina, además de instrumentos de tortura y guillotinas con los que ejecutaban en el pasado a las mujeres adúlteras y chismosas. Encontré que las casetas de golf, donde los habitantes se cambiaban y duchaban, permanecían abiertas durante la noche, así que me instalé en ellas para pernoctar, pues los hoteles están muy caros en Bermudas. En esos campos campaban a sus anchas numerosos gallos y gallinas, y los huevos que ponían nadie los recogía, salvo yo, que cada mañana seleccionaba los dos más gordos y me los preparaba para desayunar en una caseta donde encontré un hornillo. El cuarto día volé de regreso a Miami.

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