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Salvador de Bahía (por Jorge Sánchez)

Había viajado por primera vez a Salvador de Bahía en el mes de febrero del año 1986, cuando permanecí varios días alojado gratuitamente en una sinagoga. Pero no me preocupé en aquel entonces de visitar la ciudad, sino sólo de participar y disfrutar del carnaval junto a unas chicas judías muy guapas. Además, no llevaba entonces una cámara de fotos y apenas recordaba los sitios donde había estado. En junio del 2016 regresé a esa encantadora ciudad y me quedaría dos días para realizar visitas culturales. Esta segunda vez me alojé en el albergue juvenil Laranjeiras, en el barrio de Pelourinho, precisamente el corazón del Patrimonio Mundial de Salvador, donde los portugueses establecieron el primer mercado de esclavos en el continente americano.

Llegué de noche pero ese barrio estaba muy animado a esas horas y era seguro pues numerosos soldados, armados con rifles, evitaban que los turistas fueran atracados o secuestrados. Había música en vivo por las calles y multitud de jóvenes bebiendo caipirinhas y bailando bossa nova. Por la mañana, tras desayunar un bocadillo de mortadela y un café, entré en la vecina Igreja de São Francisco, probablemente la más suntuosa de Salvador. Había misa y participé en ella. Era domingo y estaba llena de fieles, pues no en vano Brasil es el país con más católicos del mundo. Al mismo tiempo que rezaba observaba los detalles de la iglesia, como los azulejos, las columnas salomónicas de los retablos y, sobre todo, la profusa decoración con follaje de oro, las tallas representando ángeles y pájaros más las bóvedas de las naves laterales cubiertas con paneles de madera con pinturas. La iglesia y convento originales habían sido destruidos por los holandeses cuando invadieron Salvador, por ello su forma actual barroca es posterior, del siglo XVIII. Tras la misa le compré un cirio al monaguillo y caminé hasta una plaza vecina, ya fuera del barrio de Pelourinho, donde me encontré con una estatua metálica de un negro de aspecto muy digno, asiendo una lanza. Se trataba de Zumbi dos Palmares, un líder de la resistencia negra nacido en el siglo XVII en el estado de Pernambuco.

Fue cuando fui abordado por unas mujeres de origen africano vestidas de manera folclórica, con ancha falda de brocado y un pañuelo en la cabeza a manera de turbante. Eran las famosas “baianas”, mujeres muy simpáticas que por unos pocos reales te dejaban hacerles fotografías. A veces se las encuentra por la calle vendiendo una comida típica de Salvador de origen africano llamada acarajé, que consiste en un bollo con judías, camarones y especias varias. A cambio de 2 reales me hice una foto junto a una de ellas. Tras ello regresé a Pelourinho para admirar las casas barrocas de la época portuguesa, y acabé entrando en la Igreja Nossa Senhora do Rosário dos Pretos, que pertenecía a una hermandad que protegía a los esclavos. Casi todos los santos en su interior eran negros. El párroco me enseñó en la parte posterior el cementerio para los esclavos.

La segunda parte del día la empleé en visitar bellas playas y fortalezas portuguesas, así como la santa Igreja de Nosso Senhor do Bonfim, que es lugar de peregrinaje, y cuya imagen de Jesucristo fue traída de Setúbal, en Portugal. Los fieles que habían acudido compraban las famosas fitinhas, o una cinta amuleto que se colocaban en la muñeca y no se sacaban nunca; la cinta debía descomponerse ella sola con el tiempo. La última vista la realicé al Forte de Santo António da Barra, que albergaba un museo náutico. Frente a este fuerte había un monumento dedicado al florentino Américo Vespucio quien, a bordo de una nave de expedición portuguesa, desembarcó en ese preciso lugar un 1 de noviembre (del año 1501), día de todos los santos, por ello lo bautizó Bahía de Todos los Santos (Baía de Todos os Santos). El tercer día me dirigí en autobús a otro Patrimonio Mundial: Centro histórico de la ciudad de Goiás.

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