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Samarcanda (por Jorge Sánchez)

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Samarcanda es la ciudad uzbeca cuyo nombre más intriga y aventura evoca aunque, tras conocer bien el país, el viajero encuentra más atractiva la ciudad de Bujara, o al menos ese fue mi caso.
Fui por primera vez a Samarcanda en los tiempos de la Unión Soviética, con un grupo de turistas españoles más una guía de Intourist que nos acompañaba desde Moscú, más otra guía local en cada ciudad que visitábamos, incluida Khiva. Repetiría ese viaje en años posteriores media docena de veces, siempre acompañando turistas españoles, tanto de Madrid como de Barcelona o Zaragoza; el viaje individual por la URSS estaba prohibido.
Durante esas visitas turísticas entramos en los atractivos principales previstos en el tour, como el observatorio de Ulug Beg (nieto de Tamerlán), el Mausoleo de Gur-e-Mir, donde precisamente está enterrado este gobernante y astrónomo, además de matemático (o sea, un sabio), la antigua Afrosiab, museos varios, espectáculos con danzas, etc.

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Lo mejor era cuando nos quedábamos solos. No estábamos en ninguna prisión ni éramos controlados como hoy el turista lo está en Corea del Norte, donde no te dejan solo ni siquiera dentro del hotel donde estás alojado. En cambio, en Uzbekistán en tiempos de la URSS podíamos pasear a nuestro aire tras las visitas programadas, comprar especias o seda en el mercado junto a la mezquita de Bibi Janim, o bien hacer amistades locales en la famosa plaza del Registán, donde por la noche había un espectáculo de Luz y Sonido.
Esa plaza de Registán era de una belleza incomparable. A mí me recordaba, en cierto modo, a la plaza de Naqsh-e Yahan, en Isfahán.
Las madrasas que la circunscriben más las cúpulas de color turquesa era lo que más nos atraía a los españoles.

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Tan pronto como se descompuso la URSS regresé a Uzbekistán, esta vez solo, para descubrir lugares nuevos que no te enseñan los guías locales, como por ejemplo la calle dedicada a nuestro “Marco Polo”, el embajador Ruy González de Clavijo, que siguiendo las órdenes de nuestro rey español (castellano entonces) Enrique III viajó a Samarcanda, adonde llegó el año 1403. Tal huella dejó Clavijo en Samarcanda que los niños estudian su historia en las escuelas, y los de Samarcanda, al encontrarse por la calle con extranjeros de origen europeo, les llaman: “Clavijo, Clavijo…”.
Existe una placa dedicada a nuestro héroe viajero Ruy González de Clavijo en Madrid, en la Plaza de la Paja. La primera vez que fui a esa plaza, justo del portal donde se halla la placa, salió una mujer con un niño, y me dijo que su hijo se llamaba Ruy, inspirado en el viajero Clavijo.