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San Felipe de Lara (por Jorge Sánchez)

Iba viajando por Centroamérica con una chica canadiense. Tras dejar Tikal bajamos en autostop en dirección a Río Dulce, pero no pudimos llegar el mismo día debido a los constantes retenes por los controles militares. Estábamos atravesando la provincia del Petén, donde unos días atrás los guerrilleros comunistas habían incendiado un camión en medio de la carretera. Ahora, soldados y paisanos armados con rifles patrullaban el camino, día y noche. Esa noche dormimos sobre un autobús estacionado y a la salida del sol proseguimos hacia Río Dulce, adonde llegamos al mediodía. Alquilamos una lancha de motor fuera borda y al cuarto de hora de remontar el río arribamos al emblemático Castillo de San Felipe de Lara. El castillo fue tomado por el sanguinario pirata inglés Morgan a los españoles, y reconquistado por éstos poco después. Esos días (era el año 1984) lo estaban renovando, pero aun así poseía mucho encanto. Era relativamente pequeño, de tamaño de bolsillo, en sorprendente situación estratégica en el encuentro del Río Dulce con el Lago de Izabal. Por los alrededores abundaban los árboles frutales y pueblecitos de indígenas a cuyas casas acudimos para cenar en su compañía. Tras la invitación siempre dejábamos una cantidad de quetzales equivalente a lo que nos hubiéramos gastado en un restaurante normal, para así pagar nobleza con nobleza.

Esa noche, tras la cena con los indígenas, fuimos a tomar unos tragos a la cantina del castillo, en las afueras del mismo. Allí, el dueño, al ver que viajábamos en condiciones humildes, nos propuso dormir en el interior del castillo, que estaba deshabitado y cuya entrada permanecía abierta las 24 horas del día. Y nosotros aceptamos sin titubear. Fue una sensación entrañable pasar allí la noche, solos, sin nadie más. Encontramos unos ganchos y colgamos nuestra hamaca familiar para dormir en una sala con una ventana abierta desde donde veíamos brillar la luna llena. Por la mañana nos despedimos de todos nuestros nuevos amigos y proseguimos el viaje hacia la entrañable población de Livingston, en el Caribe, que en esos tiempos era un conocido centro de viajeros de larga duración. Abordamos la lancha correo a lo largo del Río Dulce en una travesía de más de 2 horas de duración, en la cual admiramos estrechas y altísimas gargantas llenas de intensa vegetación a ambas orillas del río. Grandes partidas de aves migratorias sobrevolaban de vez en cuando por encima de nuestras cabezas, cuya visión nos deleitaba hasta el máximo de los extremos. ¡Ojalá que el Castillo de San Felipe de Lara sea pronto incluido entre los Patrimonios Mundiales!

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