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Sans Souci (por Jorge Sánchez)

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A los pocos días de mi estancia en Port-au-Prince resolví conocer el norte del país, donde deseaba visitar el asentamiento de “Nueva Navidad”, para cuyo fortín los españoles del primer viaje de Cristóbal Colón utilizaron las maderas de la carabela Santa María, que había allí encallado.
El autobús me dejó en Cap-Haïtien y en la estación un guía me ofreció llevarme a conocer dos lugares extraordinarios de los alrededores, el Palacio de Sans Souci y la Citadel, que también deseaba visitar, y ambos lugares se hallaban a un tiro de piedra el uno del otro. Como la contratación de un guía era obligatoria (o por lo menos lo era el año 1983, cuando yo estuve), lo mismo que alquilar un burro, acordamos un buen precio y me fui con él.
El palacio me pareció mucho más viejo de lo que era, pues fue acabado de construir el año 1813. Ello era debido al estado de abandono en el que se encontraba.

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Ascendimos en burro a la Citadel. Una vez arriba el guía me contó con toda seriedad una historia que todavía hoy no sé si creer. Según él, el rey de Haití, Henri Christophe (Henry I de Haití), que era muy megalómano, ordenó a un batallón completo de soldados lanzarse al vació desde esa Citadel para demostrar la disciplina de sus tropas a un embajador extranjero que le había ido a visitar.
La vista desde allí en lo alto impresionaba, hasta daba vértigo. Se observaba una cordillera montañosa y el mar. El guía consideraba que esa Citadel más el Palacio de Sans Souci eran la octava maravilla del mundo (esto no se lo creí).

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Al bajar, vino a nuestro encuentro una chica joven con un bebé de pecho que le increpó a mi guía por haberla abandonado y no pasarle dinero para la manutención de la criatura. Como yo todavía no le había pagado le propuse darle la mitad del dinero acordado por sus servicios de guía a la madre de su hijo. Él no estuvo muy de acuerdo, por lo que rebajé el porcentaje para la mujer. Él no se podía negar, el niño lloraba, así que al final le di una parte de su sueldo a la mujer y se marchó contenta, enseñando los billetes a sus amigas, que le estaban esperando. Yo también me puse muy contento por ella. Pero el guía no.