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Santiago de Compostela (por Jorge Sánchez)

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Desde que alcancé a pie Santiago de Compostela tras haber realizado el Camino de Santiago sentí que era, tras Jerusalén, mi segunda ciudad favorita entre todas las que existen en nuestro planeta Tierra.
Santiago es una ciudad bella, sagrada, entrañable. Y llegar a ella tras un largo peregrinaje te proporciona un gozo cuya descripción está más allá de la imaginación.

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La catedral también es una maravilla, aunque aquí debo confesar que hallo más bella la de León, por ejemplo. Sin embargo en la de Santiago presencié la oscilación del botafumeiro durante una misa en honor a los peregrinos.
El malvado moro Almanzor destruyó esa catedral los últimos años del siglo X, aunque no se atrevió a tocar el sepulcro del Apóstol Santiago, que se halla allí custodiado. Esclavizó a los habitantes de la ciudad y les obligó a arrastrar las campanas de la catedral hasta Córdoba, donde las colocó en la mezquita. Tuvimos que esperar dos siglos y medio hasta que Fernando III el Santo reconquistara Córdoba para obligar a los prisioneros moros a que llevaran esas campanas de retorno a Santiago.

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Cada vez que el 25 de julio (festividad de Santiago) coincide en domingo, se considera Año Santo Jacobeo y se abre la Puerta Santa.
Todo seduce en Santiago, sus callejones estrechos, sus edificios de piedra milenarios, su universidad, sus palacios, la Plaza de Platerías, la Casa del Cabildo, la encantadora Rúa do Villar… ¡la atmósfera de su casco antiguo está llena de magia! Es imposible no amar Santiago.
Una vez que el peregrino obtiene la Compostela en la Casa do Deán, tiene derecho a entrar en el Parador de los Reyes Católicos, situado en la Plaza del Obradoiro, y aprovecharse de tres comidas que se ofrecen diariamente al peregrino, de manera gratuita, durante tres días seguidos.

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Yo siempre desayunaba, comía y cenaba en un cuarto en el interior de este Parador, lo que era un lujo. El actual Parador fue fundado como hospital y albergue de peregrinos por orden del rey Fernando el Católico tras realizar a pie el peregrinaje a Santiago.
Pero el peregrinaje no acaba en Santiago de Compostela. Todavía hay que caminar tres días hasta Finisterre y quemar allí, junto a las aguas del Océano Atlántico, la ropa vieja para favorecer un cambio interior y devenir un hombre nuevo