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São Luis (por Jorge Sánchez)

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Un autobús local me depositó en una calle del centro histórico. De allí subí a un cerro donde se ubicaban la oficina de turismo, la catedral y un gran palacio. Tanto en la subida al promontorio como durante la visita a esa ciudad durante casi todo el día, no percibí ningún edificio o motivo francés u holandés. Todo me parecía de origen portugués, desde los azulejos para embellecer las fachadas de las casas como el revestimiento empedrado del suelo y de las aceras. A veces me parecía pasear por el Barrio de la Alfama, en Lisboa. El único detalle francés que hallé fue un busto frente al palacio de los Leones, dedicado al fundador de la ciudad el año 1612, el hidalgo y militar Daniel de la Touche, que pretendió crear el territorio de la “Francia Equinoccial” en Sudamérica.

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Los holandeses atacaron e invadieron San Luis un año después de que Portugal se separara de España (hecho acaecido en 1640), al sentir que sería un país débil. Permanecieron en esa ciudad 3 años, hasta que fueron expulsados por los portugueses. Los holandeses invadieron grandes territorios en el noreste de Brasil en dos ocasiones en el siglo XVII, pero ambas veces fueron expulsados por los portugueses. Establecieron la capital de su Nieuw Holland en Mauritsstad, o la actual Recife, capital del estado de Pernambuco.

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Gracias a los folletos que me regalaron en la oficina de turismo exploré la ciudad sin perderme lo más sobresaliente, como los edificios históricos, la catedral, diversas iglesias y tres museos. El museo que más me impresionó fue el llamado “Cafua das Mercè” o “Museo do Negro”, dentro de un edificio simple con la fachada encalada; desde fuera no parecía nada del otro mundo y a punto estuve de no entrar en él debido a ello. Me convenció un joven que se asomó a la entrada y me dijo que la visita era gratuita. Me dio explicaciones mostrándome las dos salas, las esculturas de madera y los dibujos. Ese museo era en el pasado un almacén de esclavos. Vi allí instrumentos musicales que utilizaban los africanos, así como estatuas de madera negra y máscaras siguiendo la técnica de las tribus africanas como los Bambara, Dogon y Senufo del oeste de África (Mali, Senegal, Burkina Faso y Costa de Marfil). También observé látigos con los que los portugueses castigaban a los africanos, y pinturas representando los sufrimientos de los esclavos. En un cuadro se veía dibujado un negro con una picota paralizándole las dos manos y los dos pies. La visión de ese castigo, junto a la mirada triste del africano, te llegaba al alma. Ese cuadro se llamaba Quilombo.

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Más de la mitad de los africanos que los negreros embarcaban por la fuerza en África con destino a América morían durante el trayecto en los barcos acondicionados, llamados en portugués “tumbeiros”, o ataúdes. Más de 4 millones de africanos llegaron vivos a Brasil, por ello hoy alrededor del 40 por ciento de los más de 200 millones de brasileños descienden de ellos. Una vez que Brasil se independizó de Portugal, la esclavitud siguió en vigor durante más de 6 décadas. Brasil contempla cinco razas entre su población: blancos, indios, amarillos (que incluye chinos, japoneses y otros asiáticos), negros y, finalmente, pardos, o gente mezclada con blancos, negros e indios. Poco más vi de São Luis; ese museo fue lo mejor de mi visita.

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