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Siega Verde (por Jorge Sánchez)

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Para poder visitar Siega Verde tuve que pedir cita por teléfono. En los meses de verano el sitio estaba abierto solamente por las mañanas, de jueves a domingo. Me dieron cita para la primera visita de un sábado del mes de julio, a las 11. Desde Madrid viajé a Salamanca en autobús y de allí proseguí en un tren nocturno con destino final Lisboa, que me dejó a medianoche en Ciudad Rodrigo. No había autobuses los fines de semana a Castillejo de Martín Viejo, el poblado más cercano a Siega Verde, a unos 20 kilómetros de distancia. La única forma de llegar allí a tiempo era contratando un taxi por 40 euros, o caminando, mi medio preferido de locomoción.

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Caminé bajo la luz de la luna llena. Pasada la 1 de la madrugada emprendí la larga marcha. Pasaban coches y trataba el autostop, pero los conductores se asustaban y aceleraban al pasar junto a mí. Llegué sobre las 5 de la mañana a Castillejo de Martín Viejo, justo cuando empezaba a asomar el sol. De allí observé un desvió que siguiéndolo me llevaría a Siega Verde, a 2 kilómetros de distancia, cruzando un puente de piedra sobre el río Águeda. Me quedé a dormir un poco sobre un banco de madera al lado del complejo, hasta que a las 10.45 fui despertado por el motor de un coche. Era el guardia de seguridad. Pocos minutos más tarde llegarían el guía y otros coches con varios turistas españoles. En total nuestro grupo lo formaríamos 6 personas.

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El precio de entrada no fue caro. Primero, el joven guía nos dio una charla sobre la prehistoria en España y nos indicó que el sitio de Siega Verde es un Patrimonio Mundial compartido con el valle del río Côa, en Portugal. Tras ello nos introdujo en un cuarto donde mediante un vídeo nos mostraron el conjunto paleolítico que íbamos a visitar. Todo fue muy didáctico. Tras ello salimos a la orilla del río Águeda donde durante una hora el guía nos fue mostrando sobre las rocas de pizarra las figuras de animales, como caballos, vacas y un felino.

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El guía sólo nos mostró cinco piedras del conjunto paleolítico. El guardián nos seguía vigilándonos con mucha atención, pues nadie podía tocar las piedras, ni siquiera el guía, quien se paraba ante cada una de ellas y nos daba las explicaciones por medio de un láser. No fue este patrimonio el mejor que he visto en España, ni de lejos, pero lo visité porque era el último que me faltaba por conocer de los 45 sitios UNESCO que posee España. Al acabar la excursión, el conductor de un coche tuvo a bien depositarme en Ciudad Rodrigo, desde donde viajaría en autobús de regreso a Madrid, vía Salamanca.

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