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Siurana (por Jorge Sánchez)

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Un amigo que vive en Tarragona me invitó un día en su coche a conocer un sitio de dramática situación geográfica, no muy lejos de su ciudad. Se trataba de la antigua Seviriana de los Romanos, que ha cambiado de nombre numerosas veces. Durante el período de dominación musulmana se llamaba Xibrana, mientras que en la actualidad lleva por nombre de Ciurana de Tarragona (en español) y de Siurana (en catalán), aunque también vi un letrero que se refería a esa población como Siurana de Prades. Me encantan las ciudades que por sus antiguos nombres denotan una rica historia, como es el caso de Bizancio-Constantinopla-Estambul, o Tsaritsyn-Stalingrado-Volgogrado, etc.

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A pesar de que mi amigo había estado en Siurana varias veces, nos perdimos y por ello empleamos casi dos horas en alcanzar este pueblo encantador, rodeado de paisajes que te cortan la respiración.
Mi amigo me explicó que el antiguo Reino de Xibrana fue el último bastión de los árabes en la actual Cataluña antes de que les expulsáramos de nuestra península durante nuestra larga Reconquista.
Había restos de una fortaleza, una iglesia, y abajo observé un pantano.
El castillo había sido destruido por los soldados franceses de Napoleón y hoy solo había ruinas.

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La iglesia era románica, se llamaba Santa María y fue erigida el siglo XII. Entré en ella, introduje una moneda d e1 euro sobre una ranura y, como por arte de Birlibirloque, se iluminó, pudiendo así admirar su esplendor. El altar era sobrio pero atractivo. También me encantó el tímpano. Jesucristo crucificado estaba representado rodeado de ocho discípulos, más el sol, la luna y dos leones.
También advertí la presencia de un monolito de piedra coronado por una gran cruz. Luego supe por mi amigo que databa del 1953, cuando allí se irguió para conmemorar los 800 años de su reconquista por los cristianos.
La vieja Xibrana parecía un lugar casi inexpugnable, cuya conquista por nuestros soldados cristianos debió de ser muy denodada, pues está rodeada de montañas. El sitio era de una belleza que estaba más allá de la imaginación.

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Mi amigo me contó muchas historias sobre ese antiguo reino musulmán y una leyenda sobre una reina mora que era muy hermosa y todos sus pretendientes, moros, judíos y cristianos trataban de requebrarla, sin éxito.
El poblado estaba habitado por apenas unas treinta personas que se desempeñaban vendiendo aceite de oliva, vino, queso y otros productos del lugar en unos kioscos callejeros.
Tratamos de comer en el restaurante del único hotel, pero sólo aceptaban a los clientes que allí pernoctaban. Menos mal que enfrente había un restaurante donde disfrutamos de un yantar de ricas viandas regadas por un delicioso vino de Priorat, uno de mis favoritos en España.
Al acabar el ágape regresamos a Tarragona, esta vez sin extraviarnos, y poco después regresé en tren a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat.

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