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Socotra (por Jorge Sánchez)

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Aterricé en Hadiboh, la capital de la Isla de Socotra, proveniente de Sanaa, con una parada técnica en Mukalla.
Debía reunirme con un grupo de viajeros internacionales para pasar juntos una semana, pues esa era la frecuencia de los vuelos desde Sanaa.

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Desde el aeropuerto llegamos a la capital en autostop y una vez allí nos instalamos como pudimos, cada uno a su aire, en hostales de nativos o en casas particulares (todos los miembros del grupo eran expertos en viajar con lo puesto, con una mano por delante y otra por detrás).
Habíamos leído sobre los árboles drago (árbol de la sangre de dragón, o árbol drago de Socotra) y los arbustos adeniums, además de sus más de 800 plantas endémicas, y sabíamos que allí las playas eran idílicas, por ello mis amigos y yo habíamos elegido esa isla para celebrar el cumpleaños de nuestro compañero francés.

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Lo que ignorábamos es que Socotra es mucho más que esos árboles y esas playas. Era una isla tan rica en actividades diversas que lamentamos no habernos quedado una semana más para descubrirla mejor y para habernos aventurado a navegar a sus islas vecinas de Abd al Kuri, Samhah y Darsah, que debían ser remotas entre las remotas. Si en la semana que pasamos en Socotra no vimos a otro extranjero ni por asomo, se puede uno imaginar que a esas tres islas mucho menos llegarían los turistas.

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Si uno presume de chapurrear el árabe, en Socotra no le sirve de mucho, pues la mayoría de sus gentes no lo dominan, entre ellos hablan una lengua local afro-asiática que no se encuentra en el Yemen continental, pues las mujeres socotrís tienen prohibido abandonar su isla, por ello, los hombres de Socotra al casarse con una yemenita del continente, enseña a sus hijos el árabe y no el socotrí.

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Siete días fueron escasos para Socotra y recorrimos el este, el oeste, el norte, el sur y el centro. El primer día descansamos, otro observamos en un santuario natural con los árboles drago, otro nos fuimos a la paradisíaca playa de Qalansiyah, otro nos fuimos a un oasis inimaginable en esa isla y nos bañamos en sus aguas dulces, otro penetramos en unas cuevas de un desfiladero, el sexto descubrimos barrancos inesperados y visitamos un pueblo de pescadores para comer con ellos langostas junto a unos tanques dejados por los rusos, el séptimo nos comimos en Hadiboh una cabra a medias para celebrar el cumpleaños del francés…
El octavo día regresamos a Yemen continental para descubrir la ciudad vieja amurallada de Shibam (otro Patrimonio de la Humanidad).

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