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Studenica (por Jorge Sánchez)

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Me hallaba siguiendo la Ruta Transrománica. De Pristina, la capital de Kosovo, crucé a Kosovo Norte, a la ciudad dividida de Kosovska Mitrovica, a la parte serbia tras la aprobación de los militares de las Naciones Unidas (me controlaron varios soldados italianos).
Me hicieron preguntas sobre el propósito de mi viaje por Kosovo, pues de los 193 países de las Naciones Unidas, 108 reconocen la independencia de Kosovo, mientras los otros 85 no, y entre estos últimos se halla España junto a la inmensa mayoría de los países iberoamericanos (Brasil, México, Argentina, Chile, etc.).
Una vez cruzado el Río Ibar entré en la parte serbia de Kosovo. Hasta llegar a Serbia debí todavía viajar en autobús, cruzar la frontera, descender en Usce y finalmente caminar ascendiendo montañas unos 11 kilómetros, hasta el monasterio. Suerte que a la media hora paró un coche y su conductor me transportó hasta Studenica.

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Desde Pristina me había tomado un día entero alcanzar ese Patrimonio de la Humanidad que es, al mismo tiempo, uno de los monasterios de la Ruta Transrománica. Además de Serbia, otros siete países europeos integran esa ruta, entre ellos España y Portugal.
Los más de 1.300 monasterios y templos cristianos ortodoxos serbios localizados en Kosovo, debido al odio hacia los serbios por parte de los albano-kosovares, que son musulmanes, centenares de ellos han sido destruidos con saña, a pesar de estar en la lista de Patrimonios de la Humanidad de la UNESCO.

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El monasterio de Studenica era más bien pequeño y estaba amurallado. Era bello, rodeado de naturaleza exuberante, y databa del siglo XII. Su emblema era una cruz y un ancla, que simboliza la esperanza en la resurrección.
El monasterio lo moran ocho monjes. Al entrar vi a uno de ellos que estaba barriendo el monasterio. Le pregunté por los dormitorios de los peregrinos y me mandó al albergue, dentro del territorio amurallado, que cobraba 110 dinares (unos 10 euros) por una habitación individual con el desayuno incluido. En una pared de mi cuarto había un mapa mostrando los viajes de San Sava, un santo muy venerado en los Balcanes que peregrinó a Anatolia, a Egipto (al Monasterio de Santa Catalina en el Sinaí), Tierra Santa, etc. Y fundó, junto a su padre, el monasterio de Hilandar, en el Monte Athos. Los padres de San Sava habían sido precisamente los fundadores del monasterio de Studenica.
Acepté encantado el precio, dejé mi bolsa y salí a explorar el monasterio por dentro y fuera de sus murallas, con todas sus instalaciones y los frescos en la iglesia central y en el refectorio, o trapeza.
El monje barrendero fue el encargado de mostrarme la iglesia, las tumbas de reyes (entre ellas el hermano de San Sava) y los mejores frescos, en especial el de la Crucifixión. Los del interior de la Trapeza también eran muy vistosos y su visión te transmitían paz interior.

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Al día siguiente, tras participar en la misa y luego desayunar, reanudé mi peregrinaje a pie, en autostop y en autobuses a lo largo de la Ruta Transrománica. Y si el monasterio de Studenica me había gustado, el próximo adonde me dirigía, el monasterio femenino de Zeca, llamado el Rojo (que fue fundado por San Sava), me encantaría todavía más por ser el lugar de coronación de los reyes serbios, y su estancia en él me proporcionaría una gran satisfacción por su belleza y el trato exquisito que las lozanas monjas me dispensarían sin cesar.