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Sucre (por Jorge Sánchez)

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Durante el día que pasaría descubriendo Sucre, leí en letreros que era denominada “La ciudad de los cuatro nombres”, según reza la conocida copla que leí en un azulejo callejero:
“Cuatro nombres muy gloriosos tiene nuestra capital.
Son La Plata, Charcas, Sucre, Chiquisaca la inmortal.
Cuatro nombres luminosos de grandeza y dignidad.
Ciudad Blanca, Madre y honra de la bolivianidad.
Te llaman la Culta Atenas por tu saber y beldad.
Tú rompiste las cadenas y nos diste Libertad.”
Venía de Potosí y el autobús me dejó cerca de una universidad, la primera de Bolivia, con un letrero que me daba la bienvenida a Sucre, junto a una cruz, la de San Andrés, que había sido otorgada a Sucre por el Emperador Carlos V.
Mientras que en Potosí la altitud era de casi 4.000 metros, en Sucre apenas alcanzaba los 2700 metros, por lo que físicamente me sentía más liviano y no precisé beber ningún té de hojas de coca para aliviarme.

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Sucre me pareció a primera vista una ciudad colonial preciosa. Sus casas estaban encaladas de blanco, sus iglesias y palacios databan del siglo XVI, y sus balcones me hicieron recordar a los de Cartagena de Indias. Las gentes de Sucre están muy orgullosas de la capitalidad y afirman que es una ciudad de estudiantes, de amistades leales y de amores eternos. Todas las mujeres portaban sombreros.

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Gracias a un mapa que me regalaron en la Oficina de Turismo visité sistemáticamente todos los edificios y monumentos que contempla UNESCO, empezando por la catedral y sus tesoros, luego entré en la iglesia de San Lázaro (la más antigua de Sucre), también en la colosal iglesia Nuestra Señora de la Merced, y terminé por los templos de San Francisco y la universidad jesuita, llamada “Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Javier de Chuquisaca”, la primera de Bolivia y de todo el continente americano.
Me alegraba cuando veía en los muros de las iglesias o palacios, una placa adosada donde se indicaba la cooperación española, pues España ayuda económicamente a Bolivia, lo mismo que a Paraguay y a otros países hispanoamericanos, a la restauración de los edificios coloniales.

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El presidente de Bolivia, Evo Morales, aparecía en los carteles del centro histórico, siempre inaugurando el agua corriente o el gas en los pueblos de los alrededores.
Abandoné Sucre esa noche para dirigirme a Asunción en lo que sería un larguísimo viaje en camiones y autobuses que duró tres días, cruzando todo el Gran Chaco.