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Sulaimain-Too (por Jorge Sánchez)

Llegué a Osh ya oscuro, tras un largo viaje en un jeep compartido desde la república de Gorno Badakhshan (Tayikistán). Mi intención era visitar al día siguiente el famoso mercado (que no encontré nada particular comparado con otros de Asia Central), más los petroglifos de la Montaña Sagrada de Sulaimain-Too. Calculé que hacia el mediodía viajaría a Biskek. Salí temprano de mi albergue y me dirigí a pie a la famosa montaña. Es imposible perderse, la montaña se ve desde cualquier parte de la ciudad. En la falda compré el billete de entrada, que era baratísimo, y más si lo pedías en ruso, pues los ciudadanos de las 15 repúblicas de la antigua URSS pagaban un precio mucho más bajo que un turista de otro país. Justo en la falda se hallan los petroglifos, que no encontré nada interesantes. Además, estaban sin protección y cualquier gamberro puede acercarse y con un cuchillo escribir en la roca cualquier frase estúpida, como algunas que vi, que decían: “yo estuve aquí” y la fecha. Y aún en otra estaba escrito: “Igor ama a Tatiana”. Inicié la subida haciendo pequeñas paradas para admirar el paisaje que se abría ante mis ojos.

Una vez en la cima de la primera montaña (había varios picos) me detuve ante una gran bandera de Kirguistán. Observé allí una mezquita diminuta. Vi que varios nativos kirguises en su interior rezaban mostrando las palmas de las manos hacia arriba; la mayoría eran mujeres. El jefe de ellos, que hacía las veces de imán, al notarme extranjero propuso que me uniera a la oración, lo cual hice. Me descalcé y también recé como ellos, a pesar de ser católico. Al acabar, el imán me contó que eran peregrinos y me invitó a visitar las siete cuevas sagradas que alberga esa montaña para mejorar mi salud, pues todas ellas poseen propiedades curativas. Una cueva te alivia el dolor de espaldas, otra el del corazón, otra más te ayuda a ser fértil y tener muchos hijos, otra te alargaba la vida, aún otra te conserva la vista, etc.

Acepté la invitación y nos dirigimos al interior de una cueva tan estrecha que había que reptar para llegar al final de ella. Era la cueva que te ayudaba a tener una espalda bien sana para toda la vida. El imán fue primero en entrar. Luego fui yo. Había que avanzar de espaldas, descalzo. Tras unos 5 minutos, en el transcurso de los cuales tenías la sensación de quedarte atrapado sin poder avanzar ni retroceder, tanteando en la oscuridad, llegué adonde se podía leer el corán escrito sobre la roca con letra diminuta. El imán se había instalado en un hueco junto a ese corán con una linterna en la mano, y te bendecía; había que repetir tres veces en árabe que Alá era grande. Una vez afuera esperé a que acabaran de entrar todos los peregrinos y después proseguí con ellos hacia otra montaña, pero no ascendí hasta la cima, donde había otra cueva angosta, porque era la de la fertilidad, y yo, siendo padre de tres hijas y un hijo, ya había cumplido con la Naturaleza y no tenía intención de tener un quinto hijo. Me cité con ellos para 2 horas más tarde en la parte posterior de la montaña, junto a la vieja mezquita, para rendir pleitesía a un santo sufí muy venerado en toda Asia Central.

Esas 2 horas las empleé en visitar un museo fabuloso en el interior de una gruta gigante. Tuve que pagar una nueva entrada, pero fue baratísima, a precio de risa. Ese museo sería extremadamente didáctico. La entrada estaba dedicada a las religiones practicadas en Asia Central antes del advenimiento del islam. Vi representado un zigurat, torres del silencio de los adoradores del fuego, la figura al tamaño natural de un “bakshy” o chamán kirguís, brujos practicando ceremonias extrañas con partes de animales y preparando pócimas mágicas con las entrañas en recipientes raros de barro, los antiguos aborígenes pintando en la cueva dibujos “a lo Altamira”, una piedra original con extractos del Avesta, grandes estatuas de piedra de Buda, etc. Subiendo por la enorme cueva vi animales disecados. Al que más atención presté fue a la cabra montés llamada Marco Polo. Cuando vi que habían pasado las 2 horas me dirigí al mausoleo de Asaf Ibn Burhia, donde me reuní con mis amigos peregrinos.

Todavía, antes de oscurecer, me dio tiempo a visitar el último museo, el etnográfico. Allí, entre miles de viejos artilugios, había una pintura antigua de Marco Polo con un mapa con su recorrido por Asia, más un fragmento de su libro donde mencionaba Osh y la Ruta de la Seda, escrito en kirguís con traducción al ruso. Acabé esa extraordinaria visita oscureciendo, por lo que regresé a mi hostal a dormir una segunda noche, cosa que no había previsto por la mañana, pero esa montaña me subyugó y en ella perdí la noción del tiempo. A la mañana siguiente me dirigiría, vía Biskek, hacia otro sitio UNESCO sin par en Turkestan (Kazakstán), no menos prodigioso que la Montaña Sagrada de Sulaimain-Too, adonde llegaría al cabo de dos días en un tren español TALGO: el Mausoleo de Khoja Ahmad Yasawi.