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Sumatra (por Jorge Sánchez)

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Abordé en la Isla de Penang (Malasia) el ferry a Medan (Indonesia) y me encontré con un viajero estadounidense en un hotel fijado de antemano, para trasladarnos juntos al Parque Nacional de Gunung Leuser, y así abaratar precios.
Nuestro deseo era ver orangutanes en su medio hábitat.

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Como comprobamos que la visita a ese parque, donde los orangutanes viven en estado relativamente salvaje (la verdad es que algunas familias de ellos están habituadas a recibir plátanos de los guías que acompañan a los turistas), resolvimos realizar esa excursión en el mismo día, regresando a Medan, sin necesidad de quedarnos a dormir en el poblado de Bukit Lawang, dentro del parque, cuya superficie (más de 7.900 kilómetros cuadrados) es prácticamente equivalente a la de la autonomía de Madrid.
A la llegada al poblado pagamos por el derecho de ingreso y allí mismo nos ofrecieron un guía para conducirnos a una parte del parque, donde, nos aseguraron, observaríamos el modo de vida de varias familias de orangutanes. Unos turistas extranjeros que acababan de utilizar los servicios de ese guía nos informaron que ellos habían visto numerosos orangutanes, lo cual nos ofreció confianza y cerramos el trato con él.
Tras un pequeño refrigerio en el poblado, salvamos el río Bahorot por un puente de madera y nos adentramos en el frondoso bosque.
La naturaleza allí era prodigiosa.

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Caminamos durante unos 40 minutos, subiendo y bajando montañas, hasta un momento cuando el guía se detuvo, nos pidió silencio absoluto, y él, oído y ojo avizor, miró a su alrededor y escuchó los sonidos de la naturaleza y, pocos segundos después, nos indicó dónde se hallaba la primera familia de orangutanes.
Eran tres, los padres más un bebé, jugueteaban y con toda la familiaridad del mundo el padre se nos acercó, como esperando plátanos, que nuestro guía los sacaba de su bolsa y le iba dando de uno en uno. El tener a escasos dos metros de distancia de nosotros esos entrañables animales colgados, que con una mano se agarraban a una rama de árbol y con la otra se comían la banana, nos cautivó, nos entró un amor indescriptible por ellos, tan cercanos los veíamos a nosotros.

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El guía nos advirtió de que las fotos que hiciéramos debían ser sin flash para no asustar a los animales, cosa que respetamos.
Seguimos caminando y otra familia con un orangután de pecho vino en nuestra búsqueda, parecía que ellos eran los que nos buscaban a nosotros y no a la inversa. Querían bananas, hasta el bebé de pecho que cargaba la madre. Aquello era tierno, los orangutanes son animales enternecedores. Sentía que estaba viviendo momentos mágicos cuando todos los seres, independientemente de su forma exterior, se encuentran y se maravillan de su existencia, solo que nuestros antepasados, los bípedos implumes, prefirieron abandonar la selva y convertirse en viajeros, descubriendo la tierra a su derredor por los cinco continentes, mientras que los orangutanes se sintieron felices en su medio natural y allí se quedaron, hasta nuestros días.

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Todavía vimos más familias de orangutanes. A medida que penetrábamos en el follaje tropezábamos con más y más, y ninguno temía al hombre.
Nuestro guía nos contó que los orangutanes que encontrábamos estaban habituados al hombre y vivían en una zona a la entrada del parque que era un santuario o centro de rehabilitación, pero en las profundidades de la maleza había más familias de ellos sin contacto con los humanos, calculando que vivían en ese parque nacional unos 5.000 ejemplares.
Tan satisfechos nos sentíamos que al regreso a Bukit Lawang invitamos a nuestro guía a comer con nosotros y a beber cervezas locales sin coerción.
Nos propusieron realizar una excursión en lomos de elefante para observar rinocerontes, pero la rechazamos.
De vuelta en Medan organicé para el día siguiente mi viaje en autobús a la región rebelde de Aceh.

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