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Svalbard (por Jorge Sánchez)

En mayo del 2002 volé desde Oslo a Longyearbyen, en las Islas Svalbard, con una escala en Trondheim. En el aeropuerto me aconsejaron no caminar para llegar a Longyearbyen, debido al peligro de los osos, que son salvajes y andan sueltos por esas islas en busca de algo que llevarse a la boca, y me aconsejaban tomar un taxi. Como soy muy anti-taxis y llevaba poco dinero, apenas para comerme a diario un par de bocadillos de mortadela, en un momento de descuido de los agentes de emigración me lancé a paso ligero hacia la capital, que estaba cerca, a unos 15 minutos a pie, por lo que consideraba absurdo pagar el alto precio de los taxistas. Noruega es uno de los países más caros del mundo.

En Longyearbyen vi a gente por las calles armada con pistolas y rifles. El asunto era serio. Hacía pocos meses que una turista extranjera había sido atacada por osos cerca de la ciudad, muriendo. A veces los osos se acercan por las noches buscando comida en los cubos de basura. Está prohibido matarlos, salvo en caso justificado de defensa. El albergue más barato para dormir, en una litera dentro de un dormitorio en una antigua mina de carbón (la número 102) costaba un equivalente a 40 dólares. Y los hoteles no bajaban de 100 dólares la noche. Por suerte, me enteré de que la librería, la iglesia y otros edificios públicos, permanecían abiertos durante la noche para que, en caso de ataques de osos, la gente se pudiera refugiar. ¡Ya tenía solucionado el alojamiento gratis! Un día dormí sobre un mullido sofá en la biblioteca, con té y galletas; otro en la iglesia protestante, donde para agradecer la hospitalidad compré un cirio. Y la tercera noche me tumbé sobre unos cartones en el centro cultural, dentro de mi saco de dormir. El único inconveniente era que en esos sitios no había cortinas para evitar la luz, y era difícil pegar ojo pues en mayo había luz solar las 24 horas del día. Longyearbyen se ve en un par de horas, y mi billete de regreso a Oslo lo tenía para tres días más tarde ¿Cómo emplear provechosamente esos tres días? A casi ningún sitio te dejaban ir solo; se necesitaba un guía armado con un rifle. Y no había servicio de autobuses a ningún sitio, pues la isla está habitada por menos de 3.000 personas, concentradas casi todas en Longyearbyen.

Me resigné a comprar algún tour por los alrededores, pues no me iba a quedar los tres días aburrido en Longyearbyen. Una de las excursiones que proponían me interesó: visitar en moto-nieve la población rusa de Barentsburg, donde vivían unos 1.000 rusos que trabajaban extrayendo carbón en las minas. Y la compré, pues aunque cara, gracias a mis ahorros en alojamiento me lo pude permitir. A la mañana siguiente salimos unas diez personas, nueve noruegos y un español, conducidos por un guía armado con un rifle y una pistola lanza-bengalas. Tras unas 3 horas de maravilloso paisaje, con montañas y valles nevados donde hacíamos paradas para disfrutarlos, arribamos a Barentsburg, donde vimos a los mineros rusos (y sobre todo ucranianos) descansando, pues ese día era domingo. Había muy pocas mujeres, por lo que los hombres rusos se las rifaban. Todo estaba escrito en alfabeto cirílico. Entramos en un comedor comunal donde no se pagaba dinero; todo estaba incluido para los obreros. Visitamos una iglesia ortodoxa y luego una tienda donde vendían pins de Lenin, medallas con signos comunistas, gorros rusos, muñecas matrioshkas y botellas de vodka. Tras unas tres horas de estancia donde uno era libre de visitar las instalaciones rusas, regresamos a Longyearbyen con paradas en los lugares más hermosos por el camino para disfrutar de la naturaleza.

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