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Taï (por Jorge Sánchez)

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Este ha sido el Patrimonio de la Humanidad donde he experimentado más tribulaciones, que a punto estuvieron de costarme la vida.
Viajé a Abidjan, en Costa de Marfil, el año 1987, y me alojé en la Misión Católica, que hace las veces de albergue de viajeros.
A los pocos días llegaría media docena de viajeros procedentes de diversas ciudades de España, más una chica de Estados Unidos de América. Entre todos alquilamos una furgoneta con conductor (asunto que yo ya había gestionado los días de espera) y juntos resolvimos durante un mes conocer todos los parques nacionales de Costa de Marfil, desde el de Comoé hasta el de Taï.
Todo fue bien al principio, visitamos el Parque Nacional de Comoé, donde vimos diversos animales salvajes, sobre todo innumerables hipopótamos mientras navegábamos por el río Comoé.

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Todo fue bien y había armonía en nuestro pequeño grupo, hasta aceptamos a dos autostopistas españoles a unirse a nosotros.
Los últimos días debíamos visitar el último parque, el de Taï. Por la tarde descansamos en el poblado de entrada. Cuando se acabaron las cervezas fui a comprar varias a un kiosco vecino. Allí había un muchacho adolescente. Al aparecer, huyó despavorido, gritando a viva voz:
– … ¡los siete segundos!… ¡los siete segundos!…
No comprendía nada. Entré en el kiosco y advertí una serpiente muy delgada, de color verde. Al lado había una escoba, la cogí y le arreé unos buenos estacazos en la cabeza a la serpiente, matándola.
Yo mismo tomé varias botellas de cerveza de la nevera y en la caña de la escoba colgué la serpiente, como un San Jorge matando al dragón, y le dije al niño:
– ¡Qué cobarde eres, si era una serpiente de nada!
El niño apareció con su madre, muy preocupada, y me dijo que esa era la serpiente más peligrosa de la zona, y cada año mata a varios niños. Se la llama la serpiente de los siete segundos porque cuando te pica, uno cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y al llegar a siete, te mueres sin remedio.
Fue el primer aviso. Me advirtieron los nativos que en el pico del Parque Nacional Taï, llamado Niénokoué, de 360 metros de altura, mora un espíritu misántropo al que no le gusta que profanen sus dominios, por ello a los humanos que lo intentan les crea obstáculos para que no lo logren.
El día siguiente emprendimos la caminata a ese pico. Debíamos cruzar ríos con ayuda de canoas y a veces utilizar los árboles como puentes. Cuando se hizo oscuro acampamos junto al río.
De pronto observamos cómo una gran mancha negra se acercaba a nuestro grupo, rodeándonos. Sin darnos tiempo a reaccionar nos vimos acorralados entre la gran mancha negra que se acercaba a nosotros y el río.
El guía nuestro gritó despavorido:
– ¡Las magnan magnan!
Y lleno de terror cruzó el río a nado y desapareció.

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Eran unas hormigas gigantes que son carnívoras y poseen una dentadura muy poderosa. Se las denomina Magna Magna en el oeste de África, o Siafu en lengua swahili, mientras que la ciencia las cataloga como Dorylus. Se alimentan de gusanos, insectos y sobre todo de ratas, que devoran en menos que canta un gallo. Se han dado casos en los que se han comido seres humanos, sobre todo bebés de pecho. Viven en colonias de 20 y hasta 50 millones de ejemplares y todas son ciegas. Poseen una reina que gobierna sobre las hormigas obreras y las que hacen la labor de soldados. Están muy bien organizadas y cuando atacan una presa siguen una estrategia impecable, que se diría militar.
Instintivamente hicimos antorchas y las mantuvimos a raya con el fuego, al que temen. Era imposible saltar sobre la mancha negra, pues era de varios metros de longitud, y de intentarlo uno caería dentro de la mancha, lo que significaría la muerte. Una vez que comienzan a comerse un humano, solo le dejan el sombrero y las gafas, todo lo demás lo engullen y se lo comen a medias entre todas.
No teníamos tiempo para nada, ni siquiera para beber agua pues las hormigas eran muy osadas y se acercaban peligrosamente. Cada vez el círculo que nos protegía era más pequeño, hasta que estábamos espalda contra espalda. Estábamos todos agotados.
De pronto aparecieron las primeras luces del sol, y las hormigas, a la orden de la reina, desaparecieron como por arte de Birlibirloque ¡Estábamos salvados!

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Interrumpimos el trekking a la cima del Niénokoué y nos dirigimos en el vehículo a San Pedro. Fue allí donde experimenté las primeras fiebres. Había contraído el paludismo.
Mis compañeros me transportaron a un hospital de San Pedro, pero las condiciones en él eran lamentables, y la botella del suero la colgaban de un clavo en la pared, sin ningún tipo de higiene. Fue cuando uno de ellos resolvió acompañarme al hospital de Abidjan y avisar al cónsul de la Embajada de España, que me vino a visitar.
Yo estaba inconsciente, y así permanecí durante varios días. Todo esto me lo contaron después mis compañeros de viaje, pues yo no recordaba nada; en mi memoria hay un vacío entre la salida del Parque Nacional Taï y el día que me dieron el alta en el hospital de Abidjan. Sólo recuerdo a fogonazos la llegada a San Pedro.
Por suerte, de los cuatro tipos de malaria que existen, había contraído el más benigno, el que no te mata, y así pude contarlo y regresar unos días más tarde a Hospitalet de Llobregat, en mi querida España. Lo primero que hice al llegar a mi pueblo y estar restablecido de salud, fue comprar un cirio en la iglesia donde me bautizaron, en señal de agradecimiento a Dios.