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Taj Mahal (por Jorge Sánchez)

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Agra fue una de las primeras ciudades de la India que visité el año 1988. Entré en el país desde Pakistán, en autostop, y tras detenerme por el camino en diversos lugares indios, como Amritsar, Delhi y Mathura, proseguí en tren hasta Agra, donde permanecería tres días, pues aparte del famoso Taj Mahal también visitaría el Fuerte de Agra (otro sitio UNESCO) y, a pocos kilómetros, la ciudad fantasma de Fatehpur Sikri (otro sitio UNESCO).

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La visión del mausoleo Taj Mahal a orillas del río Yamuna me subyugó. Era una preciosidad. Me quedaría todo el primer día ante ella, tocando sus paredes de mármol blanco para sentirlo mejor, su caligrafía y piedras preciosas incrustadas, las relieves florales, la armonía y simetría de sus formas, sus jardines adyacentes. El mausoleo iba cambiando de color a medida que avanzaba el día y por la noche era aún más hermoso, pues ese primer día de mi visita era luna llena. Estaba cautivado, casi en estado de éxtasis, y no me entró ni hambre ni sed, me alimentaba de la belleza.

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Suerte que conservo estas cuatro fotos que aquí muestro; tres me las cedieron amigos viajeros, mientras que la cuarta, donde aparezco, me la hizo un fotógrafo indio del lugar. Yo temí que no me la mandaría, pero por las pocas rupias y piastras que me pidió pensé que podría arriesgar y le di mi dirección en mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, España. Al llegar a casa un año después, encontré una carta conteniendo la foto del Taj Mahal y me puse muy contento. Era jovencito, aún con pelo negro, delgado, sin barriga; tenía sólo 35 años de nada.

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El cuarto día me marché en tren a Allahabad, para participar en el Kumbha Mela.

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