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Tarso (por Jorge Sánchez)

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La danza de los Derviches Mevlevis en Konya había acabado muy tarde. Abordé el tren a Tarsus y llegué a esta ciudad casi a medianoche. Había poca gente por la calle para preguntar por un hotel económico para dormir, pues no me atrajo la idea de pasar la noche en un parque o bajo ruinas arquológicas. Por lo general, cerca de las estaciones ferroviarias se suelen encontrar hoteles para los pasajeros. Pero no en Tarsus. Un peatón me condujo durante un cuarto de hora en la oscuridad con dirección a una gasolinera junto al mar, donde de paso podría comprar algo de comer, pues ese día sólo había desayunado. Me mostró una calle céntrica y de allí caminé a paso ligero un cuarto de hora más hasta que encontré un hotel de precios moderados, donde me alojé.

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Por la mañana comencé a explorar la ciudad. Hallé pronto la Puerta de Cleopatra, pues la había atravesado la noche anterior, así como diversas mezquitas de aspecto seductor que en el pasado habían sido iglesias armenias, más restos de murallas de 6.000 años de antigüedad, lo cual denotaba que Tarsus debió ser una ciudad poderosa. Y, cómo no, no faltaban los monumentos a Atatürk.
Pronto encontré los callejones con balcones antiguos y en una plazoleta escondida leí en un letrero en turco lo siguiente: St. Paul Suyusu.

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La entrada era gratuita para los peregrinos, que fue como me declaré para evitar comprar el billete y ahorrar un poco. Y no sentí remordimiento de conciencia, pues dije la verdad ya que en ese viaje por Medio Oriente iba buscando huellas de sabios, santos y viajeros; los demás tipos de personajes no me interesaban tanto. Y San Pablo de Tarso fue un apóstol de Jesucristo que comprendía esos tres calificativos, sabio, santo y viajero, pues según los Hechos de los Apóstoles, realizó muchos viajes misioneros por Asia Menor, a pie. Es muy probable que también viajara a la vieja Tarraco, en nuestra España.

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Lancé un cubo al pozo de San Pablo y extraje mediante una cuerda un poco de agua que me bebí con fruición, hasta con avidez, repitiendo la operación varias veces, sirviéndome de un vaso de aluminio que allí habían dejado para tal fin.
Sentí que la atmósfera que se experimentaba en ese sitio nutría mi alma.
En ese recinto había columnas y restos de una casa atribuida a San Pablo, el apóstol de los gentiles. Placas en turco y en inglés explicaban la historia de este santo.
Pocas horas más tarde me hallaba en la estación de autobuses para visitar un sitio UNESCO propiamente dicho: las fantásticas ruinas de Nemrut Dagi, adonde llegaría de noche.