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Teatros de la Amazonia (por Jorge Sánchez)

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Uno de los fenómenos más extraordinarios de mi viaje en barco por la Amazonia lo constituía el encuentro de las aguas en los alrededores de Manaos. Por un lado estaban las aguas negras del río Negro, y por el otro las aguas arenosas, tirando a color marrón, del Solimões (así llaman los portugueses al río Amazonas en el tramo comprendido entre Manaos y Perú). No se mezclaban por varios kilómetros debido a que las aguas del río Negro bajaban a una velocidad de 2 kilómetros por hora, mientras que las aguas del Amazonas lo hacían a 6 kilómetros por hora; parecía cosa de magia.

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Al llegar a Manaos me dirigí en primer lugar al Teatro Amazonas. Ante la magnificencia de ese teatro uno se sentía en Madrid, Viena o París. Era bello, y su situación en una ciudad en medio de la jungla era inesperada. Disponía de medio día antes de proseguir a media tarde mi viaje a Santarém en barco, pues ya conocía Manaos bastante bien de mi primera estancia en esa ciudad en 1986, cuando entré en ese Teatro Amazonas. Manaos cuenta con una población que supera los 2 millones de seres, pero yo me concentraría esas pocas horas en los alrededores del puerto, revisitando la catedral, las iglesias principales, más la parte histórica donde se hallan los encantadores y suntuosos edificios de la Belle Époque, erigidos durante el período de la Fiebre del Caucho, o “Ciclo da Borracha”, como se dice en portugués.

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Días más tarde desembarqué en Belém, cuyo Teatro da Paz también figuraba en la lista indicativa de UNESCO, junto al Teatro Amazonas de Manaos, pero al estar cerrado no pude visitar su interior y me resigné a admirar solamente su arquitectura externa.

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