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Tierras Australes Francesas (por Jorge Sánchez)

Las Islas de Crozet, Kerguelen, Amsterdam y Saint Paul forman las “Terres Australes et Antarctiques Françaises”. Son tan ricas en vida animal que uno se siente en un mundo perdido, perteneciente a un lejano pasado. Como sea que no existen aeropuertos en esas islas, el único modo de acceder a ellas es a través del buque científico MARION DUFRESNE, que cuatro veces al año zarpa de la isla francesa de la Reunión, en el Océano Índico. En cada derrota sólo aceptan 12 turistas, teniendo preferencia aquellos que tienen familiares en las islas. La dotación la componen científicos, biólogos, meteorólogos, el personal de mantenimiento, los cocineros, etc. Es un viaje caro, pero vale la pena si se desea observar la vida de los animales en su medio natural, sin ser molestados por los humanos. Además de diferentes clases de pingüinos y focas, se pueden observar elefantes de mar, leopardos de mar, ballenas, orcas, albatros, petreles, y muchas otras aves.

El viaje completo toma 30 días con 29 noches. Desde Reunión a Crozet hay 6 días de singladura, 3 más hasta la isla de Kerguelen, 2 más hasta Saint Paul, y unas pocas horas hasta Ámsterdam. El regreso de Ámsterdam a Reunión toma otros 6 días. Aparte de los Malgaches, o los nativos de Madagascar, que se desempeñaban de maquinistas en las bodegas del barco y raramente se mezclaban con el equipaje (hasta comían aparte sus platos exóticos a base de curry, canela, y otras especias), el resto de la tripulación era francesa. Yo era el único extranjero propiamente dicho.

CROZET: Todos estábamos muy ansiosos por arribar a la primera isla, Crozet, pero los científicos de la base Alfred Faure todavía tenían más ganas que nosotros de encontrarse con caras nuevas. La bienvenida fue superlativa; nos habían preparado toneladas de comida, langostas, “legine” o un pescado muy raro y exquisito, dulces deliciosos, bebidas, etc. Aterrizamos por medio de nuestro helicóptero de 5 plazas, ya que esas islas carecen de puertos, únicamente poseen pequeños malecones para las balsas zodiacs. El piloto del helicóptero era extremadamente cuidadoso y elegía una ruta zigzagueante para no sobrevolar los nidos de albatros. Crozet es una isla particular por habitar en ella los albatros denominados “cejas negras”, que llegan a pesar 5 kilos, y cuando despliegan las alas alcanzan una anchura de 2 metros y medio. Las criaturas adoptan en el nido una posición de anacoreta y esperan a sus padres sin moverse para nada, llueva o nieve. Los padres han de volar a veces largas distancias ausentándose durante varias semanas para conseguir comida. Si los padres mueren durante el viaje, el pequeñuelo también.

KERGUELEN es, con gran diferencia, más grande que las islas de Crozet o Ámsterdam. Los franceses la comparan a Córcega debido a su superficie, que es casi similar. En realidad se trata de un archipiélago compuesto por 400 islas. La base se llama Port aux Français, que ellos abrevian Paf. Fue en esa isla donde observé un leopardo de mar, un animal de cara un tanto siniestra que constituye el terror de los pingüinos, pues cuando captura a algún infeliz de ellos juega lanzándolo al aire, primero le arranca un ala, más tarde un pie, etc., para finalmente tragárselo a lo bestia. El leopardo de mar estaba tumbado en un extremo de la isla principal de las Kerguelen, donde nos llevaron a los turistas para dormir en un refugio. Debía de estar saciado, haciendo la digestión, pues los pingüinos que se hallaban cerca de él, le miraban con cierto pavor titubeando, pero al notar que su barriga estaba llena no huían. También observé centenares de elefantes de mar, con su trompa, que dormían la siesta apaciblemente, y hasta alguno roncaba. Son inofensivos y muy bonachones, pero no se dejan acariciar. Yo rodeé uno de ellos para admirar su dorso, pero el muy granuja desconfiaba de mis nobles intenciones y también se giraba para vigilar qué hacía. Llegan a pesar 3 toneladas y medir 6 metros de largo. Su gran predador son las orcas, que se pueden engullir entero a un elefante de mar, como quien se toma una píldora. Los elefantes de mar parecen torpes, reptan para desplazarse debido a su gigantesco volumen y peso, pero una vez en el agua son muy livianos y para pescar peces se llegan a sumergir hasta una profundidad de 1500 metros.

La Isla de SAINT PAUL estaba deshabitada pero, según estipulan las leyes marinas, el capitán del Marion Dufresne debía echar anclas en ella para substituir las medicinas y los alimentos enlatados de una cabaña de madera que había allí, para el caso de que algún barco de pasaje tuviera problemas. De hecho Saint Paul tiene una superficie de 7 kilómetros cuadrados y consiste en el cráter de un volcán sumergido. El barco se detuvo frente a la caldera y volamos con el helicóptero para permanecer en la isla durante unas horas y escalar al pico de ese extinto volcán, donde vivían miles de pingüinos que en inglés denominan “Macaroni”, o “Rockhoppers”. Son muy simpáticos, con unas pelambreras de color amarillo en la cabeza, que en realidad son plumas, pareciéndose a los jóvenes punk de hoy en día que se pasean alegremente por la Plaza de Santa Ana de Madrid o por la Plaza Real de Barcelona. Son muy ágiles saltando, y los padres reconocen a los hijos por el chillido. Hasta no hace mucho eran cazados para hacer con ellos aceite, pero hoy en día están protegidos; alcanzan una estatura de 60 centímetros y pesan unos 4 kilos.

Finalmente llegamos a la Isla de ÁMSTERDAM, que fue divisada en 1522 por nuestro Juan Sebastián Elcano, nacido en Guetaria, el capitán de la nao Victoria tras la muerte de Magallanes en Filipinas durante la primera vuelta al mundo. La rodeó durante dos días, pero no pudo desembarcar en ella debido al mal tiempo. Pero bueno, algo es algo, y ahí queda en la historia esa proeza de haber sido el primero en haber descubierto una isla de la Antártida siglos antes que los “Capitanes Cooks” y otros marinos europeos.

El Marión Dufresne también tuvo problemas para fondear en Ámsterdam debido a que por esa zona se encuentra la convergencia entre el Océano Índico y el Océano Glacial Antártico lo que produce turbulencias marinas. Esa noche no cenamos, todos nos fuimos temprano a la cabina con un bocadillo de mortadela y nos atamos en nuestras camas con correas para no caernos. Recuerdo muy bien cuando, a mitad de esa noche, me entraron ganas de ir al lavabo. Durante 10 minutos luché contra el zarandeo del barco para descender ileso de mi litera, pero al salir del lavabo las 3 sillas con ruedas que había en la cabina, grandes, tipo dentista, y que por negligencia no había atado, me atacaron en uno de esos meneos abalanzándose contra mí a gran velocidad, las muy puñeteras. Cuando las vi, y al calcular que no me daba tiempo de subir a mi litera ni de regresar al lavabo a refugiarme, me acurruqué en un rincón, junto a las taquillas, y me protegí con mis brazos. Una me dio un gran golpe en una rodilla, otra en la espalda. En cuanto a la tercera, que tenía todas las intenciones de alcanzarme la cabeza, contraataqué y la pude parar a tiempo con mis brazos mediante una veloz y hábil maniobra. Lo primero que hice a la mañana siguiente fue atarlas fuertemente a la mesa. A dos de ellas no les guardé rencor, pero a la tercera, la que me propinó el golpe en el lomo que aún me dolía, arrastrado por un momento de arrebato le arreé con rabia un tremendo patadón como venganza que casi le rajo el asiento de cuero.

La base de Ámsterdam se llama Martin de Vivies, y la característica de esa isla son las focas. Había miles y miles que se paseaban con toda impunidad por la base, a veces penetrando en la Oficina de Correos, como “Pierre pour sa maison”, como dicen los franceses. No temen ya al hombre, pero apenas un siglo atrás eran capturadas y molidas a palos para arrancarles la piel. Los machos tienen una longitud de 2 metros y pesan cerca de 200 kilos. Forman harenes de hasta 15 hembras, y cuando muestran signos de debilidad, rápidamente aparece un joven ejemplar macho para disputarle el harén. Entre ellos se produce una lucha encarnizada y con frecuencia uno de los dos contendientes muere. Comen calamares, peces, y krill, o una especie de camarón. Para reconocerse se tocan la nariz, como los maoríes de Nueva Zelanda.

Mientras navegábamos dormíamos en cabinas, mas en las islas había refugios básicos, espartanos pero acogedores, y debíamos llevarnos nuestros sacos de dormir, pues carecían de calefacción. Los “lavabos” se hallaban en la naturaleza virgen, en el exterior, en plena intemperie, junto a los elefantes de mar y pingüinos, que a veces te miraban extrañados y acto seguido se intercambiaban miradas cómplices, como diciéndose: “Vaya, estos humanos son iguales que nosotros”. Un cocinero francés llamado Robespierre venía con nosotros para prepararnos langostas a la brasa con la salsa de Luis XIV. Cada una de ellas pesaba sobre 1 kilo, Hubo noches que cené cuatro langostas de una tacada, más media docena de unas babosas antárticas gigantescas, mucosas y grisáceas, diluyéndose en la boca como si fueran gelatina, con salsa de Madame Pompidou, que los franceses adoran. Fue precisamente en el refugio de Kerguelen donde presenciamos un fenómeno extraordinario: ¡la Aurora Austral! El cielo se tiñó de color verde intenso, a veces de amarillo, y luego de blanco; era la 1 de la madrugada. Parecía un show de juegos láser de los conciertos de Jean-Michel Jarre.

A bordo del Marion Dufresne se comía bien. Ya se sabe que los franceses tienen una cocina muy sofisticada. El menú era fijo y se podía repetir, pero si algún plato no te gustaba siempre te podían preparar algo diferente. Antes del postre te pasaban una bandeja con unos 10 quesos diferentes, de Normandía, de Bretaña, etc. El vino estaba incluido pero era de garrafa, tipo El Baturrico, y de aperitivo nos servían pastis marsellés. El café era gratis y a disposición de todos, las 24 horas del día, así como las botellas de agua mineral y las frutas. Cada día había a bordo diversas actividades lúdicas, charlas de los biólogos o de los meteorólogos acerca de la Antártida y su prolija vida animal, del cambio climático, de la capa de ozono, etc. Tras la cena pasábamos a la sala de video y nos mostraban una película, generalmente americana de actualidad, aunque hubo noches que nos castigaron con películas del tiempo de María Castaña, interpretadas por Jean Paul Belmondo o por Edith Piaf. También disponíamos de una librería donde había dos ordenadores donde podíamos recibir “emilios” a través de la güeb del barco.

La vida en las bases era a veces un poco alocada. Los que contraían el llamado por ellos “Síndrome de Ker” (Kerguelen) experimentaban una alteración en su comportamiento, se afeitaban la cabeza y siempre se pintaban la cara y el cráneo con colores chillones, a lo indio. Normalmente la población de las bases es de unas 100 personas en Kerguelen en verano, mientras que en Crozet y Ámsterdam es de unos 50. En invierno esta cifra queda reducida a la mitad. Junto a los comedores había una cafetería con billares, ajedrez e instrumentos musicales y el que sabía tocar la guitarra deleitaba a sus compañeros interpretando serenatas de Jacques Brel o de Luis Mariano. Los pobladores son llamados invernantes, y casi todos eran jóvenes. Como había una proporción muy exigua de mozas, los muchachos se las rifaban.

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